La conciencia moral no constituye una facultad autónoma que inventa el bien y el mal. La conciencia juzga la calidad moral de un acto concreto: el acto que una persona piensa realizar, está realizando o ya ha realizado. Por medio de ese juicio, la persona reconoce la obligación de hacer el bien y evitar el mal.1
El Concilio Vaticano II describe la conciencia como el núcleo más secreto y el santuario del ser humano, donde la persona se encuentra ante Dios y escucha la ley inscrita por el Creador en su corazón. Esa ley impulsa a amar el bien y rechazar el mal, y constituye una expresión esencial de la dignidad humana.2
La conciencia, por tanto, cumple varias funciones:
- Conoce, en la medida de sus posibilidades, los principios morales.
- Juzga la bondad o malicia de una acción concreta.
- Orienta la decisión libre.
- Testifica después de la acción, mediante la paz de una conciencia recta o el remordimiento de una conciencia culpable.
- Llama a la conversión cuando descubre el pecado.
Santo Tomás de Aquino explica que la conciencia no constituye una potencia distinta del alma ni un hábito independiente, sino un acto de la razón mediante el cual el conocimiento moral se aplica a una acción particular.3
Conciencia, ley natural y verdad
La conciencia recibe su orientación fundamental de la ley natural, es decir, de la participación de la criatura racional en la sabiduría y en la ley de Dios. La persona no se concede a sí misma la obligación moral como si pudiera crearla arbitrariamente. Descubre una exigencia que precede a sus preferencias y que reclama obediencia.2
La conciencia necesita, además, una relación ordenada con la verdad. El papa Benedicto XVI enseñó que una conciencia capaz de juzgar rectamente debe fundarse en la verdad y distinguir el bien del mal incluso cuando el ambiente social, la cultura dominante o los intereses particulares dificultan ese discernimiento.1
Desde esta perspectiva, la conciencia no equivale a:
- La mera opinión personal.
- El sentimiento subjetivo de aprobación o rechazo.
- La decisión tomada por la mayoría.
- La costumbre social.
- La inclinación espontánea.
- La ausencia de remordimiento.
- La libertad entendida como poder de declarar bueno cualquier acto.
Una persona puede actuar sin experimentar culpa y, sin embargo, haber obrado mal. La falta de remordimiento no transforma una acción mala en buena; puede revelar precisamente una conciencia adormecida.


