La enseñanza católica sobre el perdón sacramental se arraiga profundamente en las Escrituras, donde la misericordia y el perdón de Dios son temas recurrentes desde el Antiguo Testamento hasta la plenitud de la revelación en Jesucristo1. Los Salmos y los profetas a menudo describen a Dios como «misericordioso», en contraste con la percepción de un Dios severo y vengativo1. Un pasaje sapiencial del Éxodo, por ejemplo, proclama la acción bondadosa de Dios: «Él, compasivo, perdonó su iniquidad y no los destruyó; muchas veces contuvo su ira y no desató todo su furor. Se acordó de que eran carne, un soplo que pasa y no vuelve»1.
En el Nuevo Testamento, Jesucristo se presenta como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, teniendo el poder de juzgar y perdonar los pecados1. Su misión no fue condenar, sino perdonar y salvar1. Este poder de «perdonar los pecados» lo confiere Jesús a sus apóstoles a través del Espíritu Santo, a pesar de que ellos mismos son hombres sujetos al pecado1. En Juan 20:22-23, Jesús resucitado sopla sobre sus discípulos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»2. Este pasaje es fundamental para entender la institución divina del sacramento.
San Pablo describe este ministerio como el «ministerio de la reconciliación», afirmando que Dios nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos confió este ministerio2. Así, el perdón de los pecados se vincula explícitamente a la mediación de la Iglesia, especialmente a través del bautismo, el ministerio del perdón y la unción de los enfermos2.
La teología del sacramento subraya que la reconciliación del pecador con Dios ocurre a través de la reconciliación con la Iglesia3,4. La Iglesia, como «sacramento universal de salvación», media el perdón divino a través de un ministerio autorizado instituido por Jesucristo3.
