La misericordia no elimina la verdad
El perdón cristiano no exige declarar bueno lo que fue malo, negar el daño sufrido o llamar injusticia a la verdad. La misericordia divina no funciona como encubrimiento. Dios perdona el pecado porque lo toma en serio y porque desea sanar a la persona y restaurar el bien quebrantado.
La tradición catequética del Concilio de Trento conserva esta doble exigencia: el discípulo debe perdonar, pero también puede reprender al hermano que ha pecado; cuando este se arrepiente, debe concederle el perdón.
Perdón y reparación
Perdonar no significa eliminar automáticamente todas las consecuencias del delito ni impedir la búsqueda de la verdad. La persona ofendida puede reclamar justicia, proteger a los inocentes y pedir que el responsable reconozca el daño. El perdón cristiano excluye el odio y la venganza personal, pero no excluye la responsabilidad, la reparación ni la intervención legítima de la autoridad.
La reconciliación plena requiere, cuando resulta posible, verdad, arrepentimiento y reparación. La oración del padrenuestro no autoriza a tolerar abusos, encubrir crímenes o exponer de nuevo a una víctima al peligro. También puede existir perdón interior sin restablecimiento inmediato de la confianza: la confianza necesita pruebas, tiempo y cambios reales.
Justicia y misericordia
La justicia humana procura reconocer la verdad, proteger los derechos y restituir, en la medida posible, el bien lesionado. La misericordia divina mira al pecador para conducirlo a la conversión y devolverlo a la comunión. Ambas dimensiones no se oponen cuando la justicia evita la venganza y la misericordia evita la impunidad.
El cristiano puede, por tanto, perdonar al culpable y pedir simultáneamente que responda de sus actos. Puede renunciar al rencor sin renunciar a la verdad. Puede orar por la conversión del agresor sin negar la gravedad de la agresión.