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Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos

«Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden» constituye la quinta petición del padrenuestro en la tradición litúrgica católica. Esta súplica une dos realidades inseparables: la necesidad humana del perdón divino y la obligación cristiana de perdonar al prójimo. No presenta el perdón fraterno como una obra que compra la gracia, sino como el fruto coherente de quien ha recibido misericordia y desea vivir conforme a ella.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePerdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos
CategoríaObra
DescripciónQuinta petición del padrenuestro que une la necesidad del perdón divino y la obligación de perdonar al prójimo. Une la necesidad humana del perdón divino y la obligación cristiana de perdonar al prójimo
Referencias
Contenido«Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden»
Doctrinas RelacionadasPerdón, misericordia divina, pecado, gracia, reconciliación
Escritos RelacionadosEvangelio según san Mateo, Evangelio según san Lucas, Catecismo de la Iglesia Católica
Personas RelacionadasJesucristo, Santo Tomás de Aquino, San Agustín, San Cipriano de Cartago, Papa Francisco, San Juan Pablo II
TemaPadrenuestro, justicia, reparación, amor a los enemigos
TipoOración

Tabla de contenido

Lugar dentro del padrenuestro

El padrenuestro recoge la oración que Jesucristo enseñó a sus discípulos. La quinta petición aparece después de la petición del pan cotidiano y antes de la súplica para no caer en la tentación. La Iglesia la pronuncia en plural: no dice «perdóname», sino «perdónanos». Esta forma expresa la solidaridad espiritual de todos los miembros de la comunidad cristiana y la responsabilidad de orar por la salvación de los demás. El Catecismo del Concilio de Trento relaciona este plural con la caridad que debe llevar a cada cristiano a preocuparse también por el bien espiritual del prójimo.1

La petición reconoce que el pecado rompe la comunión con Dios y perjudica también la relación con los demás. Por eso el cristiano no pide solo la cancelación de una culpa individual: pide la restauración de una vida reconciliada, abierta a Dios y al prójimo.

Las variantes de los Evangelios sinópticos

El Evangelio según san Mateo

En Mateo 6,12, la petición aparece con la expresión «perdona nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores».2

La palabra deudas traduce una imagen moral y religiosa. El ser humano debe a Dios obediencia, amor y fidelidad; el pecado consiste en anteponer la propia voluntad a la voluntad divina. Santo Tomás de Aquino explica que el pecado puede llamarse «deuda» porque priva a Dios de aquello que le corresponde.3

Mateo desarrolla inmediatamente la exigencia de esta petición: quien perdona las ofensas ajenas puede recibir el perdón del Padre, mientras que quien se niega a perdonar permanece cerrado a la misericordia.4

El Evangelio según san Lucas

Lucas 11,4 utiliza una formulación diferente: «perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben».5

Lucas habla directamente de pecados, pero conserva la imagen de la deuda en la segunda parte de la frase. La variante lucana pone de relieve la dimensión moral de la culpa y, al mismo tiempo, la actitud concreta que el discípulo debe adoptar ante quienes le han causado un perjuicio.

Valor de las dos formulaciones

Las dos versiones no se contradicen. Mateo conserva principalmente el lenguaje de la deuda; Lucas combina el término pecados con el deudor. Ambas expresan la necesidad de pedir a Dios el perdón y la obligación de abandonar el resentimiento.

La tradición litúrgica española emplea la expresión «nuestras ofensas», que resume el contenido de ambas formulaciones evangélicas. «Ofensa» incluye tanto la culpa cometida contra Dios como el daño causado al prójimo. La tradición catequética también ha entendido la ofensa como el bien debido que no se realiza, no solo como una acción directamente mala.6

«Perdona nuestras ofensas»

El pecado como ofensa y deuda

El pecado no constituye solo la infracción de una norma. Desde la perspectiva cristiana, es una ruptura de la relación con Dios, un rechazo de su voluntad y una herida infligida a la comunión humana. Por eso la oración utiliza imágenes complementarias:

  • Ofensa, porque el pecado contradice el amor debido a Dios y al prójimo.
  • Deuda, porque la persona no entrega a Dios la obediencia y el amor que le corresponden.
  • Pecado, porque el acto aparta al ser humano del camino querido por Dios.

Santo Tomás de Aquino relaciona la petición con la humildad y con la esperanza. El cristiano reconoce que no puede confiar en una supuesta impecabilidad personal, pero tampoco debe caer en la desesperación. La súplica permite confesar la propia necesidad y esperar la misericordia divina.3

El perdón de Dios

Dios concede el perdón al pecador que se vuelve hacia él con arrepentimiento. La misericordia divina no nace de una obligación impuesta a Dios por el ser humano, sino de su bondad y de su iniciativa salvadora. El papa Francisco resume esta verdad afirmando que Dios está dispuesto a acoger de nuevo a quien pide ser abrazado y retorna a él.4

El perdón divino no trivializa el pecado. Precisamente porque el pecado destruye y divide, la gracia lo sana y abre un camino de conversión. La oración no pide permiso para continuar en la injusticia, sino fuerza para abandonar la culpa y recuperar la comunión.

«Como nosotros perdonamos»

Una petición que compromete

La segunda parte de la frase no añade una devoción opcional. Introduce un compromiso: quien pide misericordia debe disponerse a concederla. Jesucristo lo explica después del padrenuestro: el Padre perdona a quienes perdonan, mientras que la negativa persistente a perdonar contradice la súplica pronunciada.1

San Agustín interpreta la frase como un pacto espiritual entre Dios y el orante. La persona pide ser perdonada y, al mismo tiempo, declara que desea perdonar. Por eso la oración exige verdad interior: no basta pronunciar las palabras si el corazón mantiene deliberadamente el odio y la voluntad de venganza.7

El perdón como fruto de la gracia

El perdón humano no compra el perdón divino ni constituye un mérito autónomo capaz de obligar a Dios. La gracia precede siempre: Dios perdona, transforma el corazón y capacita al cristiano para responder con misericordia. Quien ha recibido mucho aprende a dar mucho; la misericordia recibida reclama una vida misericordiosa.4

Por tanto, la relación entre ambas acciones puede expresarse así:

  1. Dios ofrece gratuitamente su misericordia.
  2. El ser humano la acoge mediante la conversión y la fe.
  3. La gracia recibida produce el deseo y la capacidad de perdonar.
  4. La negativa obstinada a perdonar manifiesta un rechazo práctico de la misericordia que se pide.

La disposición a perdonar no convierte al ser humano en autor de su salvación. Manifiesta, más bien, que la gracia ha comenzado a transformar su voluntad.

Justicia humana y misericordia divina

La misericordia no elimina la verdad

El perdón cristiano no exige declarar bueno lo que fue malo, negar el daño sufrido o llamar injusticia a la verdad. La misericordia divina no funciona como encubrimiento. Dios perdona el pecado porque lo toma en serio y porque desea sanar a la persona y restaurar el bien quebrantado.

La tradición catequética del Concilio de Trento conserva esta doble exigencia: el discípulo debe perdonar, pero también puede reprender al hermano que ha pecado; cuando este se arrepiente, debe concederle el perdón.1

Perdón y reparación

Perdonar no significa eliminar automáticamente todas las consecuencias del delito ni impedir la búsqueda de la verdad. La persona ofendida puede reclamar justicia, proteger a los inocentes y pedir que el responsable reconozca el daño. El perdón cristiano excluye el odio y la venganza personal, pero no excluye la responsabilidad, la reparación ni la intervención legítima de la autoridad.

La reconciliación plena requiere, cuando resulta posible, verdad, arrepentimiento y reparación. La oración del padrenuestro no autoriza a tolerar abusos, encubrir crímenes o exponer de nuevo a una víctima al peligro. También puede existir perdón interior sin restablecimiento inmediato de la confianza: la confianza necesita pruebas, tiempo y cambios reales.

Justicia y misericordia

La justicia humana procura reconocer la verdad, proteger los derechos y restituir, en la medida posible, el bien lesionado. La misericordia divina mira al pecador para conducirlo a la conversión y devolverlo a la comunión. Ambas dimensiones no se oponen cuando la justicia evita la venganza y la misericordia evita la impunidad.

El cristiano puede, por tanto, perdonar al culpable y pedir simultáneamente que responda de sus actos. Puede renunciar al rencor sin renunciar a la verdad. Puede orar por la conversión del agresor sin negar la gravedad de la agresión.

El perdón ante las ofensas graves

No confundir perdón con olvido

Perdonar no exige borrar la memoria. La memoria puede ayudar a reconocer el peligro, proteger a otras personas y aprender de una experiencia dolorosa. El perdón cambia la relación interior con el daño: la víctima deja de alimentar el deseo de venganza y entrega el juicio último a Dios, sin negar lo ocurrido.

No exigir sentimientos inmediatos

La voluntad puede perdonar antes de que desaparezca el dolor. Una persona herida quizá no experimente afecto ni serenidad durante mucho tiempo. En ese caso, puede pedir la gracia de querer perdonar y renunciar progresivamente al odio. El papa Francisco propone precisamente pedir al Señor la fuerza necesaria cuando la persona reconoce que todavía no puede perdonar.4

Amar a los enemigos

El perdón alcanza su forma más exigente cuando incluye a los enemigos y a quienes persiguen al discípulo. San Juan Pablo II relaciona esta exigencia con la llamada de Cristo a amar a los enemigos y orar por los perseguidores.8

Este amor no equivale a aprobar las acciones del enemigo ni a establecer una relación imprudente con él. Consiste en desear su conversión y su bien verdadero, mientras la justicia protege a los inocentes y afronta el mal.

La dimensión comunitaria

La oración utiliza el plural porque el cristiano nunca comparece ante Dios como un individuo aislado. Pide por sí mismo y por los demás, reconoce una responsabilidad compartida y desea que todos reciban la misericordia divina. El Catecismo del Concilio de Trento presenta como modelo esta intercesión solidaria: Moisés y san Pablo llegaron a pedir a Dios el bien de su pueblo con una entrega radical.1

La comunidad cristiana debe reflejar el perdón que anuncia. Una Iglesia incapaz de reconciliarse contradice el contenido de su oración. La fraternidad no elimina la corrección, la disciplina o la responsabilidad, pero impide que la corrección se convierta en desprecio y que la justicia degenere en venganza.

San Cipriano de Cartago vinculó esta petición con la necesidad de perdonar las ofensas recibidas y recordó que la medida empleada con los demás repercute en la propia vida espiritual.9

Interpretación de los Padres y doctores de la Iglesia

San Agustín

San Agustín considera la quinta petición una declaración solemne ante Dios. El orante pide recibir lo que no posee -el perdón- y ofrece aquello que debe entregar -el perdón al prójimo-. Para el obispo de Hipona, la contradicción entre las palabras y la conducta convierte la oración en un testimonio contra quien la pronuncia.10

Su interpretación insiste en la sinceridad. El cristiano no puede pedir perdón mientras cultiva deliberadamente una enemistad que se niega a abandonar.

Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás relaciona la quinta petición con el consejo del Espíritu Santo para quien ha caído en la enfermedad espiritual del pecado. La petición educa simultáneamente en el temor humilde y en la esperanza confiada: temor ante la propia fragilidad y esperanza en la misericordia de Dios.3

El perdón al prójimo aparece así como una consecuencia de la conversión. Quien reconoce que necesita misericordia abandona la presunción de considerarse justo por sus propias fuerzas y aprende a tratar al demás con la misma compasión que solicita para sí.

Consecuencias espirituales

La quinta petición invita a practicar varias actitudes:

  • Humildad, porque toda persona necesita el perdón de Dios.
  • Arrepentimiento, porque la misericordia no elimina la conversión.
  • Gratitud, porque el perdón recibido transforma la relación con el prójimo.
  • Renuncia a la venganza, porque el juicio último pertenece a Dios.
  • Búsqueda de la verdad, porque perdonar no equivale a encubrir el mal.
  • Reparación, porque la conversión procura restaurar, en la medida posible, el daño causado.
  • Perseverancia, porque algunas heridas requieren un largo camino de sanación.

El cristiano puede repetir la oración incluso cuando todavía lucha interiormente. Cada recitación debe convertirse en una petición sincera: «Señor, hazme capaz de perdonar como tú me perdonas».

Sentido teológico de la frase completa

La expresión «Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos» reúne tres movimientos:

  1. Reconocimiento de la culpa: el ser humano confiesa que necesita misericordia.
  2. Recepción de la gracia: Dios ofrece el perdón al pecador arrepentido.
  3. Respuesta misericordiosa: la persona perdonada extiende esa misericordia a quienes la han ofendido.

La frase no enseña una simple equivalencia matemática entre el perdón divino y el humano. Dios siempre actúa primero y su gracia supera cualquier obra humana. Sin embargo, la negativa consciente a perdonar revela una contradicción con la gracia solicitada. La misericordia recibida debe alcanzar la vida concreta.

En la vida cristiana

El padrenuestro coloca esta petición en el centro de la oración cotidiana porque el perdón no pertenece solo a situaciones extraordinarias. Afecta a la familia, la amistad, la vida parroquial, el trabajo, la sociedad y la relación con quienes piensan de forma diferente.

Perdonar puede comenzar con un acto interior sencillo: abandonar la intención de hacer daño, pedir luz para comprender la verdad, orar por la conversión del ofensor y buscar, cuando resulte prudente, una reparación justa. En los casos graves, la prudencia exige ayuda pastoral y profesional, límites claros y protección frente a nuevos daños.

La quinta petición conduce finalmente a una forma de libertad. El resentimiento mantiene a la persona atada al daño; la gracia del perdón no cambia el pasado, pero permite vivir sin entregar el corazón al odio. La justicia conserva la verdad y la misericordia abre el futuro.

«Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos» significa pedir a Dios una misericordia que sane el pecado y transforme al creyente en instrumento de reconciliación. El cristiano recibe el perdón como don gratuito y lo ofrece como fruto de esa misma gracia.

Citas y referencias

  1. La oración del Señor - La quinta petición: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» - La importancia de explicar esta petición, Papa Pío V. Catecismo del Concilio de Trento, La oración del Señor - La quinta petición (1566). 2 3 4
  2. Mt. 6,12, The New Revised Standard Version, Catholic Edition (NRSV-CE). La Santa Biblia, Mateo 6 (1993).
  3. Introducción - Cinco cualidades de la oración, Tomás de Aquino. Exposición de la Oración Dominical, 1 (1273). 2 3
  4. «como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores» (mt 6,12), Papa Francisco. Audiencia general del 24 de abril de 2019, 1 (2019). 2 3 4
  5. Lc. 11,4, The New Revised Standard Version, Catholic Edition (NRSV-CE). La Santa Biblia, Lucas 11 (1993).
  6. Segunda parte - La oración de la Iglesia - Iv. La oración personal del cristiano - C. El «padre nuestro», Sínodo de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana. Catecismo de la Iglesia Católica Ucraniana: Cristo, nuestra Pascua, 680 (2016).
  7. Sobre la oración del Señor en Mateo 6,9, etc. A los competentes, Agustín de Hipona. Sermones sobre lecciones seleccionadas del Nuevo Testamento - Sermón 6, 13.
  8. Papa Juan Pablo II. 2 de junio de 1989: Celebración vespertina de la Palabra en Tromso, Noruega - Homilía, 5 (1989).
  9. Tres libros de testimonios contra los judíos - Que cuando hemos recibido una ofensa, debemos remitirla y perdonarla, Cipriano de Cartago. Los tratados de Cipriano - Tratado XII (Libro 3), 22 (249).
  10. Agustín de Hipona. Sermones sobre lecciones seleccionadas del Nuevo Testamento - Sermón 64, 5.
Modificado el 21 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.73 • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/j7ccmr67q

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