La Sagrada Escritura presenta el perdón al que nos ofende como un mandato central del Evangelio, radicado en la revelación de Dios como misericordioso y en la misión redentora de Cristo.
Las palabras de Jesús sobre el perdón ilimitado
Jesús enseña explícitamente la necesidad de perdonar sin límites a quienes nos han dañado. En el Evangelio de Lucas (6,36-38), exhorta: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso», vinculando directamente la misericordia recibida con la que se debe dar. De igual modo, en Mateo (18,21-22), ante la pregunta de Pedro sobre cuántas veces perdonar —«¿hasta siete veces?»—, responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», simbolizando un perdón infinito.3
Este mandato se extiende incluso a los enemigos: «Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mt 5,44), lo que implica no solo omitir la venganza, sino buscar activamente la reconciliación.1
Las parábolas evangélicas del perdón
Las parábolas ilustran vívidamente esta doctrina. La del siervo inhumano (Mt 18,23-35) muestra a un rey que perdona una deuda inmensa a su siervo, quien a su vez se niega a perdonar una deuda mínima a su compañero. Jesús concluye: «Así también os hará mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón a cada uno de vuestros hermanos». Esta imagen subraya que el perdón divino es condicionado por nuestra disposición a perdonar.4
Otra parábola clave es la del hijo pródigo (Lc 15,11-32), donde el padre perdona sin reproches al hijo arrepentido, prefigurando la misericordia ilimitada de Dios hacia el pecador contrito.
