La pereza, o acedia, se define como una tristeza opresiva que pesa sobre la mente de una persona, haciendo que no quiera hacer nada1. Su origen griego, «acedia,» significa literalmente «falta de cuidado»2. Es una tentación peligrosa que va más allá de la mera pereza física. Quienes caen en ella experimentan un disgusto por todo, incluso por la relación con Dios, y las acciones que antes les llenaban el corazón ahora les parecen inútiles2.
San Gregorio Magno y Santo Tomás de Aquino, siguiendo a San Juan Casiano, la incluyeron entre los siete pecados capitales3. Un pecado capital es aquel que engendra otros pecados y vicios3. La pereza es fundamentalmente una aversión al bien espiritual divino4. Esto implica un rechazo de los bienes espirituales porque se perciben como difíciles, gravosos para el cuerpo o como obstáculos para la comodidad y el placer5. En su núcleo, la acedia es un alejamiento deliberado de Dios, un deseo de que Dios no hubiera ennoblecido la naturaleza humana con una vocación superior5.
La Pereza como Apatía Espiritual
Más que simple inactividad, la pereza es una apatía espiritual profunda que se manifiesta en el descontento y la aversión a la oración atenta y al crecimiento en la relación con Dios2. Es una especie de depresión que surge de una práctica ascética laxa, una disminución de la vigilancia y la despreocupación del corazón6. Para aquellos que la padecen, la vida pierde su significado, la oración se vuelve aburrida y toda lucha parece sin sentido. Las pasiones cultivadas en la juventud parecen ilógicas, sueños que no trajeron felicidad2.
La acedia es contraria al mandamiento de santificar el día del Señor, que ordena el reposo de la mente en Dios4. Es una retirada de la alegría del bien divino, donde los bienes espirituales son vistos y sentidos como desagradables. Pasar tiempo ante el Santísimo Sacramento, por ejemplo, puede volverse repulsivo o aburrido4.
