La perfección, en un sentido general, se refiere a la condición de aquello a lo que no le falta nada de su naturaleza, propósito o fin1. En el contexto cristiano, la perfección se entiende como la unión con Dios. El fin último del hombre es sobrenatural, consistente en la unión con Dios en la tierra por la gracia y, en el cielo, por la visión beatífica1.
Perfección Absoluta y Relativa
La unión perfecta con Dios no se puede alcanzar plenamente en esta vida, ya que el hombre sigue siendo imperfecto, careciendo de la felicidad para la que está destinado y sufriendo diversas miserias corporales y espirituales1. Por lo tanto, la perfección en su sentido absoluto está reservada para el Reino de los Cielos1.
La perfección cristiana, tal como se puede alcanzar en esta vida, es una unión sobrenatural o espiritual con Dios, que puede describirse como una perfección relativa1. Esta perfección es compatible con la ausencia de la bienaventuranza plena y la presencia de miserias humanas, pasiones rebeldes e incluso pecados veniales, a los que un hombre justo es propenso sin una gracia y privilegio especial de Dios1.
La Caridad como Esencia de la Perfección
La esencia de la perfección cristiana radica en la caridad, es decir, el amor a Dios y al prójimo2,1,3,4. Como afirma San Juan, «Dios es caridad; y el que permanece en caridad permanece en Dios, y Dios en él» (1 Jn 4,16)1,3. La caridad une el alma con Dios como su fin sobrenatural y elimina todo lo que se opone a esa unión1.
San Agustín se pregunta: «¿Por qué, entonces, no debería prescribirse esta perfección al hombre, aunque ningún hombre la tenga en esta vida?»5. La perfección de la caridad no tiene un límite superior; es un precepto que se extiende a todos sin excepción, incluso a la perfección del cielo2. Este amor a Dios no se manda según una medida, sino con todo el corazón, toda el alma, toda la fuerza y toda la mente, lo que implica una búsqueda de la perfección2,5.
Francisco Suárez explica que la perfección se atribuye a la caridad de tres maneras: sustancial o esencialmente (porque la unión con Dios consiste en ella), principalmente (porque tiene la parte principal en el proceso de perfección) y enteramente (porque todas las demás virtudes la acompañan y son ordenadas por ella al fin supremo)1. Aunque la fe y la esperanza son requisitos previos, no constituyen la perfección en sí mismas, ya que en el cielo ya no permanecen1. Las otras virtudes contribuyen a la perfección de manera secundaria, ordenando las facultades del alma hacia Dios3.
