Principios básicos (n.º 2)
Seguimiento de Cristo como norma suprema, basado en los Evangelios.
Respeto al carisma y a la tradición de cada instituto, considerando la espíritu fundador y la patrimonio como elementos esenciales.
Participación plena en la vida de la Iglesia, adaptando la misión a los ámbitos bíblicos, litúrgicos, dogmáticos, pastorales, ecuménicos, misioneros y sociales.
Formación integral que incluya conocimiento de las condiciones sociales y eclesiales actuales, para que los religiosos ejerzan su apostolado con juicio prudente y ardor apostólico.
Renovación del espíritu como prioridad sobre cualquier ajuste estructural o ministerial.
Normas de adaptación (n.º 3)
El documento señala que la forma de vivir, rezar y trabajar debe adecuarse a las circunstancias físicas y psicológicas de los miembros, a la naturaleza del apostolado y a los contextos culturales y socio‑económicos. Asimismo, se ordena la revisión de constituciones, directorios y libros de oración para su re‑edición y supresión de normas obsoletas.
Rol de la autoridad competente (n.º 4)
Solo los autoridades competentes —principalmente los capítulos generales— pueden establecer normas de adaptación y aprobar experimentaciones, bajo la aprobación del Santo Padre o del Ordinario local cuando la ley lo requiera. La participación de los miembros del instituto es indispensable para asegurar que los cambios respondan al bien futuro de la comunidad.
Vida monástica y apostólica (n.º 8‑9)
Se reconoce la diversidad de comunidades monásticas y apostólicas, subrayando que la actividad apostólica debe estar impulsada por el espíritu de la religiosidad y que la vida monástica debe preservar su auténtico espíritu mientras se adapta a las necesidades actuales. Además, la educación adecuada de los religiosos es esencial para que el apostolado sea eficaz; se requiere una formación que combine espiritualidad, artes y ciencias.
Misión y futuro (n.º 20‑25)
Los institutos deben mantener y cumplir sus ministerios propios, adaptándolos a las necesidades de la Iglesia universal y de los diáconos locales, sin perder el espíritu misionero. El documento concluye con una exhortación a que los religiosos, arraigados en la fe y el amor, difundan el Evangelio y busquen la intercesión de la Virgen María para que su número y eficacia crezcan.