Pérgamo, situada en la región de Misia, al norte de Esmirna, fue un centro cultural y político de gran relevancia en la antigüedad. En el siglo III a. C., bajo la dinastía de los Attálidas, se convirtió en una potencia helenística, famosa por su biblioteca, que rivalizaba con la de Alejandría, y por el imponente altar de Zeus, símbolo de su devoción pagana. Esta estructura monumental, considerada una de las maravillas del mundo helenístico, representaba la exaltación de los dioses olímpicos y el poder real, con relieves que narraban mitos de Gigantes y dioses.
Desde el punto de vista católico, este contexto pagano resalta el contraste con la presencia cristiana. La ciudad, con su acrópolis elevada, era un bastión de cultos imperiales y misterios orientales, lo que la convertía en un desafío para los primeros fieles. La tradición eclesiástica la identifica como un foco de persecución, donde la fe se forjó en medio de la idolatría rampante.1

