La permanencia en la fe, o perseverantia finalis, es la preservación del estado de gracia hasta el final de la vida terrenal1. Esta expresión se deriva de las Escrituras, como en Mateo 10:22, donde se afirma: «El que persevere hasta el fin, ése se salvará»1,2,3. Este concepto no implica una continuidad ininterrumpida de la gracia a lo largo de toda la vida, ya que la fe católica enseña que la gracia perdida por el pecado mortal puede ser recuperada1. Más bien, se refiere a la conservación de la gracia desde la última conversión hasta la muerte1.
Los teólogos distinguen dos aspectos de la permanencia:
Perseverancia activa: Se refiere al conjunto de medios espirituales mediante los cuales la voluntad humana es capacitada para perseverar hasta el final, siempre que coopere debidamente con la gracia divina1. Esto implica el uso constante de los diversos medios de salvación, como la oración, los sacramentos y las buenas obras1,4.
Perseverancia pasiva: Consiste en el hecho de que la muerte llegue mientras el alma está en paz con Dios1. Un ejemplo de perseverancia pasiva sin activa es el de un infante que muere inmediatamente después del Bautismo1. Sin embargo, el caso normal es el de una buena muerte que corona una vida de buenas acciones1.
El Concilio de Trento, utilizando una expresión de San Agustín, se refiere a la permanencia final como el «gran don de la perseverancia hasta el fin» (magnum usque in finem perseverantiae donum)1. Este don implica una supervisión constante de Dios, quien aparta tentaciones que serían fatales, socorre en momentos de peligro y ordena el curso de la vida para que uno muera en estado de gracia1.
