La concepción virginal
Los Evangelios de san Mateo y san Lucas proclaman que Jesús fue concebido virginalmente. San Lucas presenta la pregunta de María en la Anunciación: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1,34). El ángel responde que el Espíritu Santo vendrá sobre ella y que la fuerza del Altísimo la cubrirá con su sombra (Lc 1,35).
La Iglesia interpreta estos pasajes como afirmaciones de una concepción real producida por la acción divina, no como simples metáforas de la filiación divina de Jesús. La tradición cristiana primitiva entendió la concepción virginal en sentido histórico y corporal, en armonía con la confesión de Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre.
San Mateo relaciona el nacimiento de Jesús con la profecía de Isaías: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo» (Mt 1,23; cf. Is 7,14). El pasaje evangélico presenta la concepción de Jesús como obra del Espíritu Santo y excluye la intervención de José en la generación del niño.
El nacimiento de Jesús
La virginidad in partu afirma que el nacimiento de Cristo fue verdadero, pero también singular. Jesús nació realmente de María; sin embargo, su nacimiento no destruyó la integridad virginal de su Madre. La tradición patrística relacionó este misterio con la novedad absoluta de la Encarnación: el Hijo eterno del Padre entra verdaderamente en la historia sin dejar de proceder del Padre.
San Ignacio de Antioquía, a comienzos del siglo II, vinculó la virginidad de María, su alumbramiento y la muerte del Señor con misterios ocultos realizados en el silencio de Dios. Este testimonio manifiesta la antigüedad de la convicción cristiana acerca del carácter excepcional del nacimiento de Jesús.
La virginidad después del parto
La virginidad post partum expresa la permanencia de María en una entrega total a Dios. La tradición católica contempla en las palabras de María durante la Anunciación una disposición estable de virginidad: «No conozco varón» (Lc 1,34). La continuidad de esa consagración resulta coherente con la comprensión tradicional de María como la mujer enteramente dedicada a Dios.
El Evangelio de san Juan ofrece asimismo un indicio significativo en la escena de la cruz. Jesús encomienda a María al discípulo amado con las palabras: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», y al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). La tradición ha visto en esta entrega una situación compatible con la ausencia de otros hijos de María que pudieran asumir su cuidado.