Cierre de iglesias y profanación del culto
A finales de 1793 comenzó una campaña de descristianización forzada impulsada por sectores radicales de la Convención, por representantes enviados a las provincias y por dirigentes municipales. Los representantes en misión clausuraron iglesias, persiguieron a personas sospechosas de practicar la religión y presionaron a sacerdotes para que abandonaran su ministerio o contrajeran matrimonio.
El 23 de noviembre de 1793, la Comuna de París aprobó el cierre de las iglesias de la capital. La medida encontró imitadores en distintas provincias: cerraron iglesias urbanas y numerosos templos rurales, aunque el alcance práctico varió considerablemente de un departamento a otro.
La descristianización incluyó la retirada de imágenes, la destrucción de altares, la incautación de objetos sagrados, la profanación de reliquias y la transformación de templos en almacenes, salas de reuniones o espacios dedicados a ceremonias republicanas. Algunas procesiones revolucionarias ridiculizaron los símbolos sacerdotales y utilizaron vestiduras litúrgicas para parodiar el culto católico.
El 20 de noviembre de 1793, una comitiva de hombres, mujeres y niños vestidos con ornamentos tomados de la iglesia de Saint-Germain-des-Prés desfiló ante la Convención en una ceremonia de burla religiosa. El presidente de la sesión elogió el acto como una supuesta superación de dieciocho siglos de error.
El calendario republicano
La Revolución quiso sustituir no sólo las instituciones políticas, sino también la estructura temporal de la sociedad. El calendario republicano francés comenzó oficialmente el 22 de septiembre de 1792, fecha de la proclamación de la República y del equinoccio de otoño calculado para el meridiano de París.
El calendario dividía el año en doce meses de treinta días, agrupados en tres décadas de diez días. Los nombres de los meses aludían a fenómenos naturales y agrícolas: Vendimiario, Brumario, Frimario, Nivoso, Pluvioso, Ventoso, Germinal, Floreal, Pradial, Mesidor, Termidor y Fructidor. Cinco días complementarios cerraban el año, con un sexto día adicional en los años bisiestos.
La reforma tenía una dimensión ideológica. Al abolir la semana de siete días, el calendario rompía con el ritmo cristiano del domingo y de las fiestas litúrgicas. Los revolucionarios intentaron sustituir el descanso dominical por el descanso del décimo día, llamado décadi. La misa dominical quedó desplazada por una ceremonia cívica destinada a honrar a la patria y a la República.
La supresión del domingo afectó especialmente a los campesinos y artesanos, cuya vida comunitaria seguía organizada en torno a la parroquia. En muchos lugares, la población continuó respetando el domingo y celebrando clandestinamente las fiestas cristianas, aunque el Estado reconociera oficialmente las jornadas republicanas.
El culto a la Razón
La campaña más radical promovió el culto a la Razón, una religión cívica que pretendía reemplazar la fe cristiana por la veneración de la razón humana, la libertad y la patria. El 10 de noviembre de 1793, la catedral de Notre-Dame de París fue convertida en templo de la Razón durante una ceremonia dedicada a la diosa de la Razón.
El culto utilizaba procesiones, altares, himnos, símbolos alegóricos y ceremonias públicas. Algunas mujeres representaron a las diosas de la Razón y de la Libertad; la participación no procedía únicamente de los sectores populares, pues también participaron mujeres de las clases medias. La nueva liturgia pretendía ofrecer a la sociedad revolucionaria una fe alternativa, fundada en la patria y en la regeneración moral del ciudadano.
La descristianización radical no fue responsabilidad exclusiva de la Comuna de París ni de los llamados exaltados. También participaron revolucionarios moderados o vinculados a otras corrientes políticas. La diversidad de actores revela que la hostilidad contra la Iglesia atravesó distintas facciones, aunque con grados diferentes de intensidad.
La reacción de Robespierre y el culto al Ser Supremo
Maximilien Robespierre rechazó los excesos del culto a la Razón, no porque defendiera la libertad plena de la Iglesia católica, sino porque temía que el ateísmo militante destruyera la moral pública y debilitara la autoridad republicana. En noviembre y diciembre de 1793 denunció las campañas que, a su juicio, sólo podían reavivar el fanatismo y perjudicar a la República en las provincias.
Robespierre defendió una religión cívica basada en el Ser Supremo y en la inmortalidad del alma. Esta doctrina pretendía sustituir tanto el catolicismo como el ateísmo explícito por una espiritualidad republicana controlada por el Estado. La fiesta del Ser Supremo, celebrada en junio de 1794, convirtió a Robespierre en protagonista de una ceremonia que combinaba religión natural, patriotismo y poder político.
La sustitución del culto católico por el Ser Supremo no significó libertad religiosa. La Iglesia permanecía excluida de la vida pública, los sacerdotes seguían bajo sospecha y las prácticas católicas continuaban sometidas a restricciones. El Estado revolucionario rechazaba la autoridad de Roma y pretendía definir la religión legítima desde el poder político.