La persecución nazi nunca tuvo una intensidad uniforme. Las autoridades actuaron con mayor prudencia en algunas zonas de Alemania y de Europa occidental, donde necesitaban conservar el apoyo social o evitar conflictos con poblaciones mayoritariamente católicas. En cambio, aplicaron políticas de destrucción mucho más radicales en Polonia y en los territorios orientales ocupados.
Alemania
En el territorio alemán, el régimen mantuvo durante ciertos periodos una apariencia de respeto institucional hacia la Iglesia, pero combinó negociaciones formales con medidas de asfixia progresiva. La persecución incluyó vigilancia policial, campañas de propaganda, procesos contra sacerdotes, restricciones educativas y eliminación de asociaciones.
La hostilidad nazi no desapareció durante la guerra. Pío XII afirmó en 1945 que las autoridades alemanas habían proyectado destruir la Iglesia católica incluso dentro del antiguo Reich y que numerosos sacerdotes y laicos habían acabado en prisiones, campos de concentración y presidios por su fidelidad a Cristo o por el cumplimiento de sus deberes religiosos.
Austria y Alsacia-Lorena
Austria y Alsacia-Lorena recibieron una política de germanización y centralización que afectó directamente a la Iglesia. El régimen restringió la actividad eclesial, intervino en instituciones educativas y sometió a vigilancia a sacerdotes y obispos.
Pío XII incluyó estas regiones entre los lugares donde la hostilidad contra la Iglesia adoptó formas reiteradas y cada vez más severas.
Polonia
Polonia sufrió una persecución especialmente sistemática. La ocupación nazi intentó eliminar las estructuras culturales, nacionales y religiosas que sostenían la identidad polaca. La Iglesia católica constituía una de las principales instituciones capaces de conservar la memoria histórica y la cohesión social del país.
Las autoridades arrestaron obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, cerraron seminarios, confiscaron bienes y limitaron la administración de sacramentos. La violencia alcanzó tanto a quienes ejercían funciones pastorales como a quienes representaban la cultura y la educación polacas.
La Santa Sede recordó en 1999 que el nazismo intentó arrancar de raíz la presencia cristiana en la Polonia ocupada, atacando las instituciones eclesiales y a los miembros de la Iglesia considerados contrarios al nacionalsocialismo. El mismo documento conmemoró a 108 miembros de la Iglesia católica polaca víctimas de la persecución: tres obispos, cincuenta y dos sacerdotes diocesanos, treinta y cuatro sacerdotes o hermanos religiosos, ocho religiosas, dos seminaristas y nueve laicos.
Los territorios ocupados del Este
En los territorios ocupados de Europa oriental, la persecución contra los religiosos alcanzó una violencia mucho más directa que en buena parte de Europa occidental. La ocupación militar, el racismo colonial y el proyecto de germanización permitieron aplicar medidas de exterminio cultural y físico contra las élites locales.
Los sacerdotes polacos recibieron un trato particularmente brutal en Dachau. Entre 1940 y 1945, las autoridades internaron allí a 2.800 eclesiásticos y religiosos polacos; entre ellos murió de tifus el obispo auxiliar de Włocławek. En abril de 1945 quedaban únicamente 816, mientras la mayoría había muerto.
También padecieron la persecución clérigos y laicos de los Países Bajos, Bélgica, Francia, Luxemburgo, Eslovenia e Italia. Las condiciones de internamiento incluyeron hambre, enfermedades, torturas, trabajos forzados y humillaciones religiosas.
La diferencia entre el Oeste y el Este no implicaba libertad plena en Occidente. Significaba, más bien, que el régimen podía calcular allí los costes políticos de una represión abierta. En Polonia y en otras regiones orientales, la destrucción de la Iglesia formaba parte de un proyecto más amplio de sometimiento nacional y eliminación de las élites sociales.