El Concilio de Trento, utilizando una expresión acuñada por San Agustín, se refiere a la perseverancia final como el «gran don de la perseverancia hasta el fin» (magnum usque in finem perseverantiae donum). San Juan Pablo II, en su Audiencia General del 18 de marzo de 1998, explicó que la fe es una respuesta libre a la revelación de Dios y requiere la gracia divina para mover y asistir al hombre, abriendo los ojos de la mente y facilitando la aceptación de la verdad.
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que los hijos de la Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final, así como la recompensa de Dios por las buenas obras realizadas con su gracia en comunión con Jesús. Este don es una «vigilancia atenta» por parte de nuestro Señor misericordioso, que elimina las tentaciones que serían fatales, nos socorre en momentos de peligro y ordena el curso de nuestra vida para que muramos en estado de gracia.
Las Escrituras también atestiguan el carácter sobrenatural de este don. Jesús ora: «Padre Santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado» (Juan 17:11),. San Pablo dice: «El que ha comenzado en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Filipenses 1:6),. Y San Pedro añade: «El Dios de toda gracia, que os ha llamado a su gloria eterna en Cristo Jesús, después de haber padecido un poco, él mismo os perfeccionará, os confirmará, os fortalecerá» (1 Pedro 5:10).
Incerteza y Esperanza
La extrema preciosidad de este don sobrenatural lo sitúa más allá de nuestro conocimiento cierto y de nuestra capacidad de merecerlo. El Concilio de Trento definió que nadie puede tener en esta vida una certeza absoluta e infalible de su perseverancia final, a menos que lo haya recibido por una revelación especial,. Esto se debe a que la revelación divina no presenta la perseverancia final como recompensa por nuestras acciones, sino que constantemente nos recuerda que este don «solo puede venir de Aquel que tiene el poder de confirmar al que está en pie y de levantar al que cae»,.
Sin embargo, nuestra incapacidad para conocer con certeza o merecer estrictamente este gran don no significa que no podamos hacer nada al respecto. Los teólogos coinciden en que la perseverancia final se obtiene por el poder impetrativo de la oración. San Alfonso María de Ligorio, por ejemplo, consideraba la oración como el medio principal para obtener la salvación y la perseverancia final. El Catecismo de la Iglesia Católica nos insta a orar constantemente y a pedir al Señor que aumente nuestra fe, que debe «obrar por la caridad», abundar en esperanza y estar arraigada en la fe de la Iglesia,. La petición de perseverancia final adquiere un significado dramático en relación con la última tentación de nuestra batalla terrenal.
A pesar de la incerteza, el Concilio de Trento también exhorta a todos a «depositar la más firme esperanza en el auxilio de Dios»,. Santos como San Francisco de Sales y Santa Catalina de Génova enfatizan la gran misericordia de Dios al conceder la perseverancia final, incluso a pecadores notorios, a quienes Dios puede otorgar una luz extraordinaria en la hora de la muerte, haciendo un último llamado a la conversión,.