La piedad popular abarca las expresiones de fe que surgen de la religiosidad del pueblo cristiano, manifestándose en diversas formas culturales1. Estas prácticas no son parte de la liturgia oficial de la Iglesia, pero la complementan al extender la oración a la vida cotidiana2. La Iglesia Católica reconoce y promueve estas devociones, siempre que se ajusten a sus normas y leyes, y las considera un tesoro del Pueblo de Dios2,3,4.
Estas expresiones religiosas reflejan un profundo sentido de lo sagrado y lo trascendente, una sed genuina de Dios, y una aguda conciencia de sus atributos como la paternidad, la providencia y la misericordia4. También fomentan virtudes como la paciencia, el abandono confiado a Dios, la capacidad de soportar el sufrimiento, el deseo de hacer penitencia, el desapego de lo material, y la solidaridad con los demás4.
El Papa Francisco ha destacado que la piedad popular revela la presencia de Dios en la historia, fortalece la relación con la Iglesia y a menudo se convierte en una ocasión para el encuentro, el intercambio cultural y la celebración. Subraya que una piedad que no es festiva carece de «buen aroma» y no proviene del pueblo. Además, la piedad popular es una fuerza evangelizadora activa, a través de la cual el Espíritu Santo obra en el Pueblo de Dios5.
