La piedad se manifiesta de diversas maneras en la vida cristiana:
Piedad Litúrgica
La liturgia sagrada es la cumbre y la fuente de la vida cristiana, y la piedad auténtica debe estar en armonía con ella. Las expresiones de piedad popular extienden la vida litúrgica de la Iglesia, pero no la reemplazan. Deben estar diseñadas para armonizar con los tiempos litúrgicos, concordar con la liturgia sagrada, derivar de ella de alguna manera y conducir al pueblo hacia ella, ya que la liturgia es superior por su propia naturaleza.
El Papa Pío XII enfatizó que la piedad privada e interior de los individuos no debe descuidar el sacrificio augusto del altar y los sacramentos. Sin embargo, las prácticas devocionales y piadosas que no están estrictamente conectadas con la liturgia sagrada, pero que buscan dirigir actos humanos al Padre celestial, fomentar el arrepentimiento y el santo temor de Dios, y alejar de las seducciones del mundo, son altamente loables e incluso indispensables. Estas prácticas nutren la vida espiritual, promueven la adquisición de virtudes y aumentan el fervor.
Piedad Popular
La vida cristiana se nutre de diversas formas de piedad popular, arraigadas en diferentes culturas. La Iglesia fomenta estas formas que expresan un instinto evangélico y una sabiduría humana, enriqueciendo la vida cristiana, siempre que sean clarificadas a la luz de la fe. Ejemplos de piedad popular incluyen la veneración de reliquias, visitas a santuarios, peregrinaciones, procesiones, el Vía Crucis, el Rosario y el uso de medallas.
Estas prácticas, aunque no reemplazan la liturgia, preparan a los fieles para participar en las funciones públicas sagradas con mayor fruto y disminuyen el riesgo de que las oraciones litúrgicas se conviertan en un ritualismo vacío. La piedad popular, como expresión de la piedad eclesial, está sujeta a la disciplina general del culto cristiano y a la autoridad pastoral de la Iglesia, que ejerce un papel de discernimiento y autenticación.
Piedad Filial y Fraterna
El don de piedad, al hacernos crecer en comunión con Dios como hijos, nos impulsa a extender este amor a los demás, reconociéndolos como hermanos y hermanas. Esta dimensión de la piedad es crucial para las relaciones interhumanas, llevando a la compasión y al servicio,. El Papa Francisco relaciona la piedad con la misericordia, destacando cómo Jesús respondía a las invocaciones de ayuda con una mirada de misericordia y el consuelo de su presencia, compartiendo el sufrimiento de los que encontraba y transformándolo en alegría.