Teilhard aspiraba a reconciliar la fe en Dios con la confianza en el mundo y el progreso. Quería responder a la inquietud de una humanidad que, ante la inmensidad del universo y la posibilidad de un devenir sin sentido, podía sentirse encerrada en el espacio y el tiempo. Para ello propuso una «recosmologización» de la religión: interpretar la evolución no solo como un proceso natural, sino también como el ámbito en el que la humanidad avanza hacia una consumación espiritual.1,2
Esta tentativa reunió ideas de ciencias naturales, filosofía y teología. Sin embargo, su vocabulario y sus afirmaciones no siempre delimitan con claridad esos campos. El jesuita Henri de Lubac, que defendió aspectos de su pensamiento, reconoció imprecisiones y ambigüedades en sus escritos; John M. McDermott resume esas dificultades en cuestiones como la relación entre naturaleza y gracia, materia y conciencia, libertad y necesidad, y Cristo histórico y Cristo cósmico.3


