Diálogo inicial y prefacio
La plegaria comienza con el diálogo entre el sacerdote y la asamblea: el saludo, la invitación a elevar el corazón y la llamada a dar gracias a Dios. El prefacio desarrolla esa acción de gracias y concluye enlazando la alabanza de la Iglesia con la de los ángeles y los santos.,
La forma habitual cuenta con un prefacio propio. El Misal permite emplear también otros prefacios, en particular los que resumen brevemente el misterio de la salvación, como algunos prefacios comunes.
El prefacio propio presenta a Cristo como Palabra viva del Padre, mediador de la creación y Salvador enviado al mundo. Recuerda su encarnación por obra del Espíritu Santo y su nacimiento de la Virgen María; después evoca su entrega en la cruz, la muerte vencida y el anuncio de la resurrección.
El Santo
La asamblea responde al prefacio con el Santo, una alabanza dirigida a Dios y unida a la de los ángeles y los santos. Esta aclamación forma parte de la estructura de la plegaria actual y no aparecía en la anáfora antigua que sirvió de referencia.,
Primera epíclesis
Tras el Santo, la plegaria proclama la santidad de Dios y pide que el Espíritu Santo santifique las ofrendas. Esta primera epíclesis expresa que la celebración eucarística depende de la acción de Dios y no de una iniciativa humana aislada. Su incorporación constituye una diferencia estructural importante respecto de la anáfora antigua vinculada a la Tradición apostólica.,
Relato de la institución y consagración
La plegaria continúa con el relato de la última cena, en el que Cristo tomó el pan y el cáliz y pronunció las palabras que la liturgia transmite en la consagración. La fórmula del relato de la institución quedó armonizada en las nuevas plegarias eucarísticas del Misal, aunque cada una mantiene diferencias en la introducción y en el desarrollo de sus otras partes.
Aclamación memorial y anamnesis
Después del relato de la institución, el sacerdote invita a la asamblea a proclamar el misterio de la fe. La respuesta del pueblo tiene carácter memorial: no se limita a recordar un acontecimiento pasado, sino que proclama el misterio pascual de Cristo. La plegaria prosigue haciendo memoria de la pasión, la resurrección y la ascensión del Señor.,
El término anamnesis, de origen griego, designa precisamente esta memoria litúrgica del misterio de Cristo. En la plegaria eucarística, la Iglesia recuerda los momentos fundamentales de la Pascua siguiendo el mandato de Cristo.
Ofrenda e intercesiones
La memoria de la Pascua conduce a la ofrenda eucarística. La Iglesia presenta a Dios el sacrificio de Cristo y participa en él mediante la celebración. La ofrenda no queda separada de la vida de los fieles: la tradición de las plegarias eucarísticas vincula la ofrenda de Cristo con la entrega de la propia Iglesia.,
A continuación aparecen las intercesiones, que piden por la unidad de la Iglesia y por quienes participan en la comunión. La presencia de estas peticiones es una novedad respecto de la anáfora antigua que inspiró la plegaria. Su lugar muestra el vínculo entre la comunión eucarística y la comunión eclesial.
La segunda petición del Espíritu Santo, situada en relación con la comunión, se refiere a sus frutos en quienes reciben el sacramento. La plegaria pide que los participantes alcancen la unidad. En contraste con la primera epíclesis, esta petición no se centra en la santificación de las ofrendas, sino en el efecto de la comunión en la comunidad.
Doxología final
La plegaria concluye con una doxología: una alabanza dirigida a Dios Padre, por Cristo y en el Espíritu Santo. El sacerdote la proclama y la asamblea la ratifica con un Amén solemne. Esa respuesta expresa la participación de los fieles en la oración que culmina la plegaria eucarística.