La Instrucción General del Misal Romano distingue ocho elementos principales de la Plegaria Eucarística. Estos elementos forman una unidad orgánica, aunque su orden y desarrollo varían según cada plegaria.
Acción de gracias
La Plegaria Eucarística comienza con la acción de gracias, expresada principalmente en el prefacio. El sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da gracias por la obra de la salvación o por algún aspecto particular relacionado con el día, el tiempo litúrgico o la fiesta celebrada.
El prefacio conduce a la Iglesia desde la celebración concreta hacia la totalidad del misterio de Cristo. La comunidad no agradece solo los beneficios recibidos, sino que reconoce y proclama la grandeza de Dios y su actuación salvadora en la historia.
Aclamación del Santo
La acción de gracias culmina en el Santo, que toda la asamblea canta o recita junto con el sacerdote. Esta aclamación une a la Iglesia peregrina con los coros angélicos y con la liturgia celestial.
El Santo no constituye un canto externo a la Plegaria Eucarística, sino una parte integrante de ella. La asamblea participa así en la alabanza dirigida a Dios y reconoce la santidad divina antes de entrar en el núcleo sacramental de la celebración.
Epíclesis
La epíclesis es la invocación dirigida al Espíritu Santo. La Iglesia pide que el poder divino santifique los dones presentados, de modo que lleguen a ser el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y que la recepción de la Víctima eucarística produzca la salvación de quienes comulgan.
Las plegarias eucarísticas contienen también una dimensión eclesial de la epíclesis: la Iglesia pide que quienes participan del Cuerpo y de la Sangre de Cristo formen un solo cuerpo y un solo espíritu. Por eso, la acción del Espíritu Santo afecta tanto a los dones como a los fieles que reciben el sacramento.
La relación entre la epíclesis y el relato de la institución posee una profunda unidad teológica. La Iglesia invoca al Espíritu Santo y proclama las palabras de Cristo en la Última Cena dentro de una única acción sacramental.
Relato de la institución y consagración
El relato de la institución recuerda lo que Cristo hizo y dijo en la noche en que fue entregado. El sacerdote proclama las palabras del Señor sobre el pan y sobre el vino, y realiza los gestos que Cristo confió a los Apóstoles.
La Instrucción General del Misal Romano enseña que, mediante las palabras y acciones de Cristo, tiene lugar el sacrificio que el mismo Señor instituyó en la Última Cena. Allí Cristo ofreció su Cuerpo y su Sangre bajo las especies de pan y vino, los entregó a los Apóstoles para que los comieran y bebieran, y les mandó perpetuar este misterio.
La consagración no consiste en una simple representación simbólica ni en un recuerdo psicológico de un acontecimiento pasado. Por la acción sacramental de Cristo y de la Iglesia, el pan y el vino consagrados llegan a ser verdaderamente el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Anámnesis
Después del relato de la institución aparece la anámnesis, palabra griega que significa «memorial». En la liturgia, el memorial no equivale a una mera evocación subjetiva. La Iglesia proclama y hace sacramentalmente presente el misterio pascual de Cristo.
La anámnesis recuerda especialmente:
- La pasión del Señor.
- Su resurrección.
- Su ascensión al cielo.
- La espera de su venida gloriosa, en aquellas plegarias que incluyen esta referencia.,
La aclamación de la asamblea inmediatamente posterior a la consagración posee también carácter anamnético, porque proclama la muerte del Señor, su resurrección y la esperanza de su venida.
Oblación
La oblación expresa que la Iglesia ofrece al Padre la Víctima santa en el Espíritu Santo. La Iglesia no ofrece a Cristo como si realizara un sacrificio distinto o independiente del sacrificio de la Cruz; ofrece sacramentalmente al mismo Cristo, cuya entrega redentora tuvo lugar una vez para siempre en la Cruz.
La oblación incluye además a los propios fieles. La Iglesia pide que quienes participan en el sacrificio eucarístico aprendan a ofrecerse a sí mismos y alcancen, mediante Cristo, la unidad con Dios y con los demás.
La Eucaristía, por tanto, no permite una separación entre el culto de los labios y la vida cotidiana. La ofrenda de Cristo reclama la entrega espiritual de los bautizados: su fe, su conversión, sus sufrimientos, su trabajo y su servicio al prójimo.
Intercesiones
Las intercesiones manifiestan que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia, tanto del cielo como de la tierra. La Plegaria Eucarística intercede por:
- El Papa.
- El obispo diocesano.
- Los ministros ordenados.
- La Iglesia universal.
- Los fieles vivos.
- Los difuntos.
- La comunión con la Virgen María, los Apóstoles y los santos.
La Iglesia presenta ante Dios las necesidades de sus miembros y de toda la humanidad. La intercesión por los difuntos expresa la fe en la comunión de los santos y en la eficacia salvadora del sacrificio de Cristo.
Doxología final
La Plegaria Eucarística concluye con la doxología, fórmula solemne de glorificación de Dios. El sacerdote eleva el Cuerpo y la Sangre de Cristo y proclama que toda gloria y todo honor pertenecen al Padre, por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo.
La asamblea confirma esta alabanza con el gran Amén. Esta respuesta no constituye una simple despedida, sino la adhesión plena de la Iglesia a toda la Plegaria Eucarística.