El concepto de la «plenitud de los tiempos» tiene su origen principal en la epístola de San Pablo a los Gálatas, donde el apóstol escribe: «Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Gal 4,4)1. Estas palabras son centrales para comprender la teología de la Navidad y la Encarnación2.
San Pablo utiliza esta frase para explicar que la venida de Cristo no fue un evento aleatorio, sino el resultado de un designio divino eterno que se realizó en el momento preciso determinado por Dios3,4. Antes de este momento, la humanidad se encontraba en un estado de minoría, «esclavizada a los elementos del mundo» y bajo la ley, que actuaba como un «pedagogo» hasta la llegada de Cristo1,5. La ley, aunque santa, no podía justificar al hombre, sino que lo preparaba para la fe en Jesús5.
La «plenitud de los tiempos» marca el fin de esta etapa de tutela y el comienzo de una nueva era. Con la venida del Hijo, nacido de mujer y bajo la ley, Dios hizo posible la redención de aquellos que estaban bajo la ley, para que pudiéramos recibir la adopción como hijos6,1. Esta adopción filial es un don extraordinario que permite al hombre participar de la vida divina, con el Espíritu del Hijo enviado a nuestros corazones clamando «¡Abbá, Padre!»2,6,1.
