La pobreza evangélica tiene sus raíces profundas en las enseñanzas y el ejemplo de Jesucristo, quien, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para que por su pobreza fuéramos enriquecidos1,2,3. El Evangelio resalta la importancia de la pobreza, comenzando con la primera de las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3)4,1. Jesús mismo nació en un establo, no tuvo un lugar donde recostar su cabeza durante su vida pública, y murió desnudo en la cruz5. Este ejemplo de Cristo es la gran apología de la pobreza evangélica4.
La Escritura también muestra una evolución en la comprensión de la pobreza. En el Antiguo Testamento, la riqueza a menudo se veía como una recompensa para los justos, y la pobreza como un castigo6. Sin embargo, los profetas denunciaron enérgicamente la explotación de los pobres, y la ley mosaica incluía numerosas disposiciones para proteger a los socialmente más débiles, identificando la defensa del pobre con el honor a Dios6. Con el tiempo, la pobreza adquirió un valor religioso, con Dios refiriéndose a «sus» pobres6.
En el Nuevo Testamento, la perspectiva cambia radicalmente. Jesús se identificó con los pobres, los enfermos y los excluidos, mostrando el amor misericordioso de Dios hacia ellos7,2. La pobreza de Cristo no busca privilegiar la pobreza como tal, sino que es una demostración de su gracia para que, a través de su pobreza, nosotros podamos ser ricos en Él3.
