Los cuatro Evangelios presentan a Pilato como la autoridad romana que juzgó a Jesús y autorizó su crucifixión. Cada evangelista organiza el relato con un propósito teológico propio, pero todos coinciden en el núcleo histórico: Jesús fue entregado al gobernador, Pilato intervino en el proceso y finalmente permitió la ejecución.
La acusación contra Jesús
Según san Lucas, los dirigentes acusaron a Jesús de alterar el orden público, oponerse al pago del tributo y presentarse como rey. La acusación tenía una dimensión política: afirmar una realeza distinta de la autoridad imperial podía interpretarse como una amenaza contra César.
Pilato preguntó a Jesús si era el rey de los judíos. Los Evangelios sinópticos conservan la respuesta: «Tú lo dices». Jesús no respondió a las demás acusaciones, actitud que sorprendió al gobernador.
El Evangelio según san Juan presenta un diálogo más desarrollado. Pilato afirma que tiene poder para liberar o crucificar, mientras Jesús le recuerda que la autoridad humana depende de un poder superior. El pasaje no absuelve a Pilato: Jesús reconoce una responsabilidad mayor en quienes lo entregaron, pero atribuye también culpa al gobernador.
La búsqueda de una solución
Los relatos evangélicos muestran a Pilato intentando evitar la condena de Jesús. Mateo presenta la costumbre de liberar a un preso durante la fiesta de Pascua y relata la elección popular de Barrabás, acusado de un delito grave, frente a Jesús. Pilato preguntó qué debía hacer con Jesús, pero la multitud reclamó la crucifixión.
San Juan describe una presión política directa: los acusadores presentan a Jesús como rival de César y advierten a Pilato de que liberar a alguien que se proclama rey podría poner en duda su lealtad al emperador. Desde el punto de vista narrativo, el gobernador queda atrapado entre su valoración del acusado y el temor a perder el favor político.
San Agustín explicó que las diferencias entre los relatos evangélicos no destruyen su concordancia esencial. Un evangelista recoge determinados detalles y otro omite algunos o los coloca en un orden diferente, pero todos narran la intervención de Pilato, la acusación contra Jesús y la entrega final para la crucifixión.
El lavado de las manos
El Evangelio según san Mateo cuenta que Pilato, al comprobar que aumentaba el tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la multitud, declarando su inocencia respecto a la sangre de Jesús. El gesto expresa un intento de trasladar la responsabilidad a otros, pero no elimina la responsabilidad jurídica del gobernador, que tenía autoridad para impedir la ejecución.
La tradición cristiana ha convertido el «lavado de las manos de Pilato» en una imagen universal de la responsabilidad evadida. La persona reconoce el bien, pero renuncia a defenderlo cuando hacerlo exige afrontar un coste personal.
«He aquí el hombre»
El Evangelio según san Juan sitúa en labios de Pilato la expresión latina tradicional Ecce homo, traducida como «He aquí el hombre». Jesús aparece con la corona de espinas y el manto púrpura. Pilato declara que no encuentra culpa en él, mientras los principales sacerdotes reclaman la crucifixión.
La tradición cristiana ha interpretado estas palabras en dos niveles. En el plano narrativo, Pilato presenta ante la multitud a un hombre humillado y castigado. En el plano teológico, la expresión manifiesta paradójicamente la dignidad de Cristo: aquel hombre sufriente es el Hijo de Dios y el rey verdadero.
La condena y la crucifixión
Pilato terminó entregando a Jesús para que fuera crucificado. Antes, ordenó que lo azotaran, conforme al relato de san Mateo y al resumen que ofrece san Agustín sobre la narración evangélica.
El gobernador no ejecutó personalmente a Jesús, pero la autorización romana resultó decisiva. La crucifixión pertenecía al sistema penal imperial y requería la intervención de la autoridad romana. Por esa razón, la tradición litúrgica cristiana menciona a Poncio Pilato en el Credo: Jesús «padeció bajo el poder de Poncio Pilato».