El fundamento del pontificado se encuentra en la institución de un jefe supremo por Cristo mismo en la persona de San Pedro. Jesús confirió a Pedro la misión de ser la roca sobre la cual edificaría su Iglesia, entregándole las llaves del Reino de los Cielos y la autoridad para atar y desatar1. Esta promesa, registrada en el Evangelio de Mateo (16:18-19), establece a Pedro como el fundamento visible de la Iglesia.
Además, Cristo confió a Pedro la tarea de confirmar a sus hermanos en la fe (Lucas 22:32) y de apacentar sus ovejas (Juan 21:15-17), lo que subraya su papel como pastor universal1. La Iglesia Católica enseña que este oficio de cabeza suprema no fue exclusivo de Pedro, sino que fue instituido para ser perpetuo en sus sucesores, los Obispos de Roma1,2,3.
Desde los primeros siglos, la primacía de la Sede Romana fue reconocida y ejercida, aunque no siempre de la misma manera que en épocas posteriores1. La Iglesia, en su infancia, no tenía un procedimiento completamente desarrollado para las relaciones entre el sumo pontífice y los obispos de otras sedes. Sin embargo, cuando la fe se veía amenazada o el bienestar de las almas lo requería, Roma intervenía, como lo demuestran las acciones de Papas como San Dionisio, San Esteban, San Calixto y San Víctor1.
