La práctica pastoral hunde su fuerza interior en la caridad pastoral, que el sacerdocio ministerial recibe como participación en la caridad con la que Cristo, Cabeza y Pastor, ama a su Iglesia. Esa caridad pastoral no funciona como un simple «método», sino como una respuesta libre y comprometida a una llamada: implica el don de sí, es decir, la entrega total a la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo.3
El magisterio presenta la caridad pastoral como una virtud que:
«Imita a Cristo en su amor que se entrega y en su servicio».3
Además, la caridad pastoral orienta la vida y el ministerio hacia el bien de la Iglesia y hacia «esa parte» que la Providencia encomienda al pastor, de modo que el servicio tenga una dimensión universal y a la vez concreta.3,3
Unidad interior y acción externa
La práctica pastoral reclama coherencia entre la vida interior del ministro y su acción exterior: la caridad pastoral unifica actividades diversas y sostiene una «unidad vital» capaz de resistir la dispersión.3
El mismo texto vincula esta unidad con la acción eucarística: la caridad pastoral fluye principalmente del sacrificio eucarístico, centro y raíz de la vida sacerdotal; así el altar se convierte en la fuente de la que el pastor recibe gracia y obligación de entregar su vida con dimensión sacrificial.3
