La Iglesia Católica enseña que los sacramentos de la Nueva Ley fueron instituidos por Jesucristo y son siete: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los Enfermos, Orden Sacerdotal y Matrimonio1,2,3. Estos sacramentos son actos de Jesucristo antes que actos de la Iglesia, y la Iglesia, como esposa de Cristo, tiene el deber de realizarlos tal como el Señor los quiso4. La voluntad de Cristo abarca tanto el momento celebrativo como las finalidades y líneas de acción para las cuales cada sacramento fue instituido4.
Los sacramentos son signos sensibles de realidades invisibles por los cuales el hombre es santificado5. No son simplemente oportunidades para celebrar una gracia ya existente, ni meras actividades simbólicas comunitarias, sino que confieren la gracia que significan6,7. Esta eficacia de los sacramentos se debe a la obra salvífica de Cristo, realizada de una vez por todas, y actúan ex opere operato (por el hecho mismo de que la acción se realiza), es decir, por el poder de Dios, no por la rectitud del celebrante o del recipiente8.
La vida litúrgica de la Iglesia se articula en torno al sacrificio eucarístico y los sacramentos9. A través de las acciones litúrgicas, la Iglesia cumple su función de santificar (munus sanctificandi)10. La fe cristiana, por su propia constitución, es sacramental, y esta sacramentalidad de la fe implica un dinamismo misionero que involucra al creyente en la economía divina, dotándolo de un papel protagónico para el cual la gracia divina provee11.
