El desarrollo de las vestiduras litúrgicas cristianas no proviene de las vestimentas sacerdotales del Antiguo Testamento, como se pensó en épocas anteriores, sino que se originaron a partir de la vestimenta secular del mundo grecorromano1. La influencia del culto mosaico se manifiesta en la idea de que el uso de vestimentas especiales para los servicios de la Iglesia era apropiado y necesario para la dignidad de los misterios religiosos, pero no como un prototipo directo1.
La historia de las vestiduras litúrgicas se puede dividir en cuatro períodos principales:
Período Pre-Constantiniano (hasta el siglo IV)
Durante este primer período, la vestimenta sacerdotal no se diferenciaba en forma y ornamento de la vestimenta secular1. En los oficios de la Iglesia se usaba la ropa de la vida diaria, aunque probablemente se empleaban prendas de mejor calidad, reservadas específicamente para la celebración de los Misterios Sagrados. San Jerónimo expresó esta distinción al afirmar que «la religión divina tiene una vestimenta en el servicio de las cosas sagradas, otra en el trato y la vida ordinaria»1. Es posible, aunque no demostrado, que hacia el final de este período se comenzaran a usar insignias litúrgicas como el orarion (estola) y el omophorion (palio) por obispos y diáconos1.
Del Siglo IV al IX
Este período fue crucial para la formación de una vestimenta sacerdotal especial, distinta de la ropa común1. La poenula (capa o manto) y la túnica larga, que se usaban universalmente en el siglo III y también en los oficios de la Iglesia, fueron reemplazadas gradualmente en la vida diaria por túnicas más cortas y mantos abiertos a partir del siglo VI. La Iglesia, sin embargo, mantuvo el traje existente, considerándolo más adecuado para la dignidad de los oficios divinos, lo que marcó el inicio de una vestimenta sacerdotal rubríscamente distinta1.
En esta época, se consolidaron cinco elementos esenciales en el desarrollo de las vestiduras: la separación definitiva de las vestimentas litúrgicas de la ropa no litúrgica, la separación y el establecimiento definitivo de ciertos artículos de vestimenta, la introducción de sacrales distinctiva, el uso de las vestimentas asignadas para los oficios divinos con la ropa ordinaria debajo, y la introducción de una bendición especial para las vestimentas litúrgicas1.
Hacia principios del siglo IX, Amalarius incluyó once prendas como vestiduras litúrgicas: amito, alba, cíngulo, manípulo, estola, túnica, dalmática, casulla, sandalias, medias pontificales y el palio1.
Del Siglo IX al XIII
En este tercer período, las vestiduras litúrgicas ya estaban completas en sus partes esenciales hacia el año 800, antes de las discusiones sobre la Eucaristía, lo que refuta la afirmación protestante de que su desarrollo se debió a la formulación del dogma de la Transubstanciación1. La introducción del pluvial (capa) y el sobrepelliz surgió por el deseo de mayor comodidad1. El desarrollo del traje pontifical se basó en la importante posición secular que los obispos disfrutaron desde la era carolingia, lo que llevó a un enriquecimiento correspondiente de la vestimenta episcopal1. En tiempos de Inocencio III, las vestiduras litúrgicas sumaban diecisiete, sin incluir el fanon (amito papal)1.
En el rito griego, el vestido pontifical también se enriqueció, añadiéndose el sakkos, el epimanikien y el epigonation1.
Del Siglo XIII hasta la Actualidad
A partir del siglo XIII, la historia de las vestiduras litúrgicas se centra principalmente en su evolución rubrísca, su ornamentación con bordados y adornos, y la naturaleza de los materiales1. La tendencia general ha sido hacia una mayor riqueza de material y ornamentación, pero también hacia una mayor comodidad, lo que resultó en un acortamiento y ajuste constante de las vestiduras a la figura, a menudo en detrimento de su forma y efecto estético1. La mitra, sin embargo, creció hasta convertirse en una forma desproporcionada1.
En Oriente, hubo poco o ningún desarrollo en este período, con la única adición de la mitra episcopal al rito griego1.
