El sacerdocio de Cristo es el único sacerdocio de la Nueva Alianza, y en la Iglesia todos los fieles están llamados a participar en él1. El ministerio jerárquico es necesario para la edificación del Cuerpo de Cristo, en el que se realiza esta vocación1. Los presbíteros no poseen el grado más alto del sacerdocio, pero están unidos a los obispos en dignidad sacerdotal y dependen de ellos en el ejercicio de su poder2. Son considerados colaboradores prudentes del orden episcopal, su ayuda e instrumento, y son llamados a servir al Pueblo de Dios2.
Mediante la ordenación sagrada, los presbíteros son marcados con un carácter especial y configurados con Cristo Sacerdote, lo que les permite actuar en la persona de Cristo Cabeza3,2. Este carácter indeleble es la marca inseparable de la consagración sacerdotal, un don de Dios dado para siempre4. La consagración sacerdotal les confiere la misión y la capacidad de actuar in persona Christi Capitis5.
Los presbíteros participan del sacerdocio y la misión del obispo3. Constituyen un único presbiterio con su obispo, aunque con diversos oficios3,2. Están asociados con su obispo en un espíritu de confianza y generosidad, haciéndolo presente en cierto sentido en las congregaciones locales individuales y asumiendo sus deberes y la carga de su cuidado2.
El sacerdocio de Cristo es la actualización en la Iglesia de la mediación e intercesión de Cristo a través de personas elegidas por Dios6. En el sacramento del Orden, los ministros sagrados reciben la gracia del Espíritu Santo para ejercer el sacerdocio de Cristo en la celebración de los Santos Misterios y el servicio pastoral6. Es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su Cuerpo, Pastor de su rebaño y Maestro de la Verdad6. De manera preeminente en la ofrenda eucarística, el ministro sagrado actúa en el nombre de Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote6. También actúa en nombre de toda la Iglesia, presentando a Dios la oración de la Iglesia y, sobre todo, ofreciendo el sacrificio eucarístico6.
