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Presencia de Pedro en Roma

La presencia de san Pedro en Roma constituye uno de los hechos fundamentales de la historia apostólica y de la tradición católica. La Iglesia reconoce que Pedro desarrolló allí parte decisiva de su ministerio, murió mártir durante la persecución de Nerón y recibió sepultura en la colina Vaticana. Esta tradición sostiene históricamente la relación entre el apóstol Pedro y la sede episcopal de Roma, cuyo obispo ocupa, para la fe católica, el ministerio de sucesor de Pedro.

Christ appearing to Saint Peter on the Appian Way (Domine, Quo Vadis?)
Ver información de la imagenCristo apareciendo a San Pedro en la Vía Apia (Domine, Quo Vadis?), c. 1601. http://www.nationalgallery.org.uk/paintings/annibale-carracci-christ-appearing-to-saint-peter-on-the-appian-way National Gallery, Londres, Annibale Carracci, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePresencia de Pedro en Roma
CategoríaPersona
Descripciónc. 64-67
Lugar de MuerteRoma
Contexto HistóricoPersecución de Nerón después del incendio de Roma en el año 64
HistoriaPresencia apostólica en Roma, ministerio pastoral, martirio bajo Nerón y sepultura en la colina Vaticana, reforzando la continuidad de la autoridad episcopal romana
ImportanciaFundamento histórico del primado apostólico de la Iglesia de Roma y base de la sucesión papal
Lugar de SepulturaColina Vaticana (bajo la Basílica de San Pedro)
TipoSanto

Tabla de contenido

Significado histórico y teológico

La llegada de Pedro a Roma no representa un episodio aislado dentro de su misión. Después de anunciar el Evangelio en Jerusalén y en otros centros cristianos, el apóstol ejerció su ministerio también en la capital del Imperio. Allí colaboró con la comunidad cristiana romana y concluyó su vida mediante el martirio.

La tradición católica vincula tres elementos:

  • La presencia de Pedro en Roma.
  • Su martirio durante la persecución de Nerón.
  • La continuidad de su ministerio en los obispos de Roma.

La muerte de Pedro en Roma constituye el fundamento histórico de la pretensión de la sede romana a conservar el primado apostólico de Pedro. La tradición antigua identifica además a Roma como la Iglesia de Pedro y de Pablo, unidos tanto en la evangelización como en el martirio.1,2

La doctrina católica no entiende esta sucesión como una simple transmisión honorífica. El obispo de Roma continúa el servicio pastoral confiado por Cristo a Pedro, aunque la forma histórica y jurídica de ese ministerio haya experimentado modificaciones a lo largo de los siglos.2

Testimonios del Nuevo Testamento

La Primera carta de Pedro

La principal referencia neotestamentaria relacionada con la estancia de Pedro en Roma aparece al final de la Primera carta de Pedro:

«Os saluda la Iglesia de Babilonia, elegida como vosotros, y también Marcos, mi hijo».

La tradición cristiana antigua interpretó «Babilonia» como un nombre simbólico para Roma. La identificación no alude a la antigua Babilonia de Mesopotamia, entonces en ruinas, ni a otros lugares que recibieron ocasionalmente ese nombre. En la literatura cristiana primitiva, Roma aparece asociada de manera particular con la imagen de Babilonia, especialmente en el Apocalipsis.1

La presencia de Marcos junto a Pedro posee también relevancia. Papías de Hierápolis y Clemente de Alejandría transmitieron la tradición de que Marcos compuso su Evangelio en Roma, a petición de los cristianos romanos, como memoria escrita de la predicación de Pedro. Ireneo de Lyon ofrece un testimonio concordante sobre la relación entre Marcos, Roma y la predicación petrina.1

La interpretación de «Babilonia» como Roma no depende únicamente de una lectura posterior. La tradición cristiana antigua la conocía ya como designación simbólica de la capital imperial. Por ello, la carta ofrece un indicio temprano de la actividad de Pedro en Roma.

El Evangelio según san Juan

El cuarto Evangelio relata las palabras de Jesús a Pedro:

«Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».

El Evangelio añade que Jesús pronunció estas palabras para indicar con qué muerte Pedro glorificaría a Dios. El pasaje no menciona Roma, pero presupone que los destinatarios conocían el martirio del apóstol. La tradición romana permite concretar el lugar de aquella muerte.1

El texto joánico, redactado hacia el final del siglo I, ofrece así una confirmación indirecta de que la comunidad cristiana conocía la muerte violenta de Pedro. La referencia no basta por sí sola para reconstruir toda la cronología de su estancia romana, pero coincide con los testimonios históricos posteriores.

Testimonios cristianos del siglo I

La carta de Clemente a los corintios

La carta escrita por Clemente de Roma a la Iglesia de Corinto, normalmente fechada entre los años 89 y 97, constituye uno de los testimonios más antiguos sobre el martirio de Pedro y Pablo.

Clemente presenta a ambos apóstoles como ejemplos de fidelidad y afirma que padecieron persecución y muerte por causa de Cristo. La carta vincula además su memoria con la Iglesia de Roma, que escribe a los corintios con autoridad para resolver una grave división interna.1

La intervención de Clemente posee especial importancia histórica. La comunidad romana no se limita a expresar solidaridad fraterna, sino que exhorta a los corintios a readmitir a sus presbíteros legítimos y a restablecer la paz. Clemente ordena obediencia a las disposiciones transmitidas por la Iglesia de Roma y presenta su exhortación como una intervención realizada bajo la acción del Espíritu Santo.3

Este acontecimiento muestra que, pocas décadas después de la muerte de Pedro, la Iglesia romana conservaba una conciencia particular de su relación con los apóstoles. Clemente aparece además como tercer sucesor de Pedro, después de Linus y Anacleto, en la tradición de la sucesión episcopal romana.3

Testimonios del siglo II

Ignacio de Antioquía

Ignacio, obispo de Antioquía y discípulo de la generación apostólica, escribió a los cristianos de Roma a comienzos del siglo II. Su carta presupone una relación singular entre aquella Iglesia y los apóstoles Pedro y Pablo. La tradición conservada en torno a Ignacio relaciona su exhortación con el recuerdo del testimonio martirial de ambos apóstoles en Roma.4

Ignacio también describe a la Iglesia romana como aquella que «preside en la caridad». Esta expresión no ofrece por sí sola una formulación completa de la doctrina posterior sobre el primado, pero manifiesta el prestigio y la autoridad que Roma poseía entre las Iglesias antiguas.5

Ireneo de Lyon

Ireneo visitó Roma hacia el año 177 y conoció una tradición situada muy cerca de la época apostólica. En sus escritos enumera a los obispos romanos y presenta a Higinio como el noveno obispo de Roma. Esta enumeración incluye a Pedro como primer obispo y permite reconstruir una sucesión formada por Pedro, Linus, Anacleto, Clemente y sus sucesores.3

Ireneo afirma que la Iglesia de Roma conserva la tradición apostólica transmitida desde Pedro y Pablo. En su argumentación contra los gnósticos, recurre a la continuidad pública de la enseñanza romana como criterio de fidelidad a la fe apostólica. Para Ireneo, la sucesión de los obispos no constituye una lista meramente administrativa: garantiza la permanencia de la doctrina recibida de los apóstoles.5

La importancia de su testimonio aumenta por varios motivos:

  • Ireneo pertenecía a la segunda generación cristiana.
  • Había tenido contacto con la Iglesia romana.
  • Conocía la tradición de Asia Menor por medio de Policarpo.
  • Su lista de obispos romanos presupone una sucesión iniciada por Pedro.

Por estas razones, la tradición sobre el episcopado romano de Pedro posee una antigüedad difícil de conciliar con una invención tardía.3

Pedro y Pablo en la Iglesia de Roma

La tradición romana conserva la memoria de Pedro y Pablo como Príncipes de los Apóstoles. Ambos desarrollaron ministerios diferentes, pero la Iglesia antigua los relacionó estrechamente con Roma.

Pedro aparece como el apóstol al que Cristo confió de modo singular el servicio de confirmar y pastorear a sus hermanos. Pablo representa, de manera eminente, la expansión misionera hacia los pueblos paganos. La Iglesia romana recibió el testimonio de ambos y los veneró como fundadores apostólicos de su comunidad.2

La tradición no exige imaginar dos episcopados independientes o simultáneos en Roma. Ireneo habla de Pedro y Pablo como quienes transmitieron conjuntamente el ministerio episcopal a Linus. La referencia destaca que la Iglesia romana heredó la enseñanza de ambos apóstoles, no que existiera una división formal de la autoridad episcopal entre ellos.3

La liturgia romana conserva esta unidad en la solemnidad de san Pedro y san Pablo, celebrada el 29 de junio. La iconografía, la predicación patrística y los textos litúrgicos presentan habitualmente a ambos apóstoles unidos en el martirio y en la gloria.2

El martirio de Pedro en Roma

La tradición cristiana sitúa el martirio de Pedro durante la persecución de Nerón, normalmente relacionada con los acontecimientos posteriores al incendio de Roma del año 64. La fecha exacta de su muerte no posee una determinación absolutamente uniforme en las fuentes antiguas; la tradición católica la coloca habitualmente hacia los años 64-67.

Clemente de Roma ya vinculaba el martirio de Pedro y Pablo con la persecución de Nerón a finales del siglo I. El Evangelio según san Juan alude al género de muerte de Pedro, mientras que los testimonios de los siglos II y III identifican Roma como el lugar de su martirio.1

La tradición afirma que Pedro murió crucificado. Una tradición posterior añade que pidió ser crucificado cabeza abajo, por considerarse indigno de morir del mismo modo que su Señor. La posición invertida pertenece a la tradición hagiográfica antigua, mientras que el hecho central -la muerte martirial de Pedro en Roma- cuenta con un testimonio histórico más antiguo y amplio.

El martirio de Pedro posee un significado teológico profundo. El apóstol que había negado a Cristo durante la pasión recibió la gracia de confesarlo hasta la muerte. Su sangre quedó unida a la fundación visible de la Iglesia romana y a la transmisión de su ministerio pastoral.

La tumba de Pedro en el Vaticano

La memoria del sepulcro apostólico

La comunidad cristiana de Roma conservó desde muy pronto la memoria del lugar donde Pedro había recibido sepultura. El presbítero Gayo, hacia el año 200, afirmó que podía mostrar los trofeos de los apóstoles. En el lenguaje cristiano antiguo, el término designaba los monumentos vinculados al martirio de los apóstoles.6

Eusebio de Cesarea transmitió asimismo que los monumentos con los nombres de Pedro y Pablo podían contemplarse en los cementerios de Roma. El testimonio confirma que, a comienzos del siglo III, la tradición romana localizaba públicamente los lugares de veneración de ambos apóstoles.6

La existencia de un lugar de culto anterior a la paz constantiniana resulta especialmente significativa. Los grafitos y estructuras hallados en el entorno de la tumba muestran que los cristianos veneraban allí la memoria del apóstol durante la época de las persecuciones.6

La basílica de San Pedro

La basílica levantada por Constantino en el siglo IV no eligió el emplazamiento únicamente por razones urbanísticas. La tradición arqueológica vinculó su localización con la posición precisa del sepulcro de Pedro. La construcción imperial protegió y monumentalizó un lugar de culto cristiano anterior.6

La basílica actual de San Pedro conserva, bajo el altar papal, el complejo arqueológico relacionado con la tumba apostólica. La continuidad del culto en ese lugar atraviesa las etapas principales de la historia cristiana de Roma: la veneración clandestina durante las persecuciones, la monumentalización constantiniana y la construcción de la basílica renacentista y barroca.

Las excavaciones y los restos

Las investigaciones arqueológicas desarrolladas bajo la basílica pusieron al descubierto una necrópolis antigua y un monumento funerario que corresponde al lugar venerado por la comunidad romana como sepulcro de Pedro. La tradición de la tumba no comenzó en la Edad Media, sino que aparece documentada en época anterior a Constantino.

La Santa Sede reconoció en 1968 que determinados restos humanos conservados en el conjunto vaticano podían atribuirse con probabilidad a san Pedro. La identificación pertenece al ámbito histórico-arqueológico y no funciona como definición dogmática independiente. La fe católica descansa principalmente en la tradición apostólica y en la continuidad de la Iglesia, mientras que la arqueología ofrece una confirmación material de la memoria romana.

La sucesión de Pedro en Roma

La tradición antigua proporciona una lista de los primeros obispos de Roma: Pedro, Linus, Anacleto y Clemente. Ireneo utiliza esta sucesión para demostrar la continuidad de la doctrina apostólica frente a las interpretaciones gnósticas.3

Clemente de Roma explica que los apóstoles establecieron ministros y dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados recibieran el ministerio. Esta enseñanza ofrece el principio teológico de la sucesión apostólica: la misión recibida de Cristo no desaparece con la muerte de los primeros testigos, sino que continúa mediante ministros legítimamente establecidos.2

La Iglesia católica contempla al obispo de Roma como sucesor de Pedro y, al mismo tiempo, como heredero de la tradición misionera de Pablo. La autoridad del papa posee, por tanto, una dimensión petrina y una memoria romana formada por el testimonio conjunto de los dos grandes apóstoles.2

Valor de la tradición romana

La tradición sobre Pedro en Roma procede de testimonios diversos y relativamente próximos a la época apostólica:

  • El simbolismo de «Babilonia» en la Primera carta de Pedro.
  • La alusión joánica al martirio de Pedro.
  • La carta de Clemente a los corintios.
  • La tradición de Ignacio de Antioquía.
  • La lista episcopal de Ireneo.
  • El testimonio de Gayo sobre los monumentos apostólicos.
  • La continuidad arqueológica del culto en el Vaticano.

La convergencia de estos testimonios resulta especialmente relevante. Las fuentes proceden de Roma, Asia Menor, Siria, Egipto, África y las Iglesias occidentales, y ninguna ciudad antigua rivalizó con Roma en la reivindicación de conservar la tumba de Pedro.5,7

La tradición no permite reconstruir con precisión cada etapa de la actividad de Pedro en Roma. No conocemos con certeza absoluta la fecha de su llegada, la duración exacta de su residencia, los lugares concretos de su predicación ni todos los detalles de su muerte. Sin embargo, la presencia del apóstol en Roma, su martirio y su sepultura allí forman un conjunto histórico sólidamente asentado en la tradición cristiana antigua.1

Importancia para el primado romano

La presencia de Pedro en Roma fundamenta la relación entre el apóstol y la sede romana. La Iglesia católica sostiene que Cristo confió a Pedro una misión singular dentro del colegio apostólico y que ese ministerio continúa en sus sucesores.

La intervención de Clemente en Corinto, la autoridad atribuida a la Iglesia romana por Ignacio y la argumentación de Ireneo muestran que Roma ejercía una función de referencia doctrinal y disciplinar desde los primeros siglos. La forma concreta del primado se desarrolló progresivamente, pero la conciencia de una responsabilidad especial de la sede romana aparece en la época subapostólica.5,3

El primado romano no deriva únicamente de la importancia política de Roma. Para la teología católica, su fundamento principal reside en la conexión histórica y sacramental con Pedro, unido inseparablemente al testimonio de Pablo y al martirio de ambos en la capital del Imperio.

Conclusión

La presencia de Pedro en Roma pertenece al núcleo de la tradición apostólica de la Iglesia. El Nuevo Testamento ofrece indicios tempranos; Clemente, Ignacio e Ireneo aportan testimonios próximos a la época apostólica; y la memoria de la tumba vaticana confirma la continuidad del culto romano desde los primeros siglos.

Pedro murió mártir en Roma y allí quedó asociada su memoria a una comunidad llamada a custodiar la fe apostólica. La sucesión de los obispos romanos, iniciada por Linus y continuada por Anacleto y Clemente, expresa para la Iglesia católica la continuidad histórica del ministerio confiado por Cristo al apóstol. La sede de Roma conserva así una doble herencia: la primacía pastoral de Pedro y el impulso evangelizador de Pablo.

Citas y referencias

  1. San Pedro, príncipe de los apóstoles. Enciclopedia Católica, San Pedro, Príncipe de los Apóstoles (1913). 2 3 4 5 6 7
  2. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 27 de enero de 1993, 3 (1993). 2 3 4 5 6
  3. El Papa. Enciclopedia Católica, El Papa (1913). 2 3 4 5 6 7
  4. Capítulo III, Roberto Bellarmino. Controversias de la Fe Cristiana (Disputationes de Controversiis), 731 (1586).
  5. Sucesión apostólica. Enciclopedia Católica, Sucesión apostólica (1913). 2 3 4
  6. Sancta Sedes. Acta Apostolicae Sedis: No 6, junio de 1942, 13 (1942). 2 3 4
  7. Alban Butler. Vidas de los Santos de Butler: Tomo I, 129 (1990).
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