La llegada de Pedro a Roma no representa un episodio aislado dentro de su misión. Después de anunciar el Evangelio en Jerusalén y en otros centros cristianos, el apóstol ejerció su ministerio también en la capital del Imperio. Allí colaboró con la comunidad cristiana romana y concluyó su vida mediante el martirio.
La tradición católica vincula tres elementos:
- La presencia de Pedro en Roma.
- Su martirio durante la persecución de Nerón.
- La continuidad de su ministerio en los obispos de Roma.
La muerte de Pedro en Roma constituye el fundamento histórico de la pretensión de la sede romana a conservar el primado apostólico de Pedro. La tradición antigua identifica además a Roma como la Iglesia de Pedro y de Pablo, unidos tanto en la evangelización como en el martirio.1,2
La doctrina católica no entiende esta sucesión como una simple transmisión honorífica. El obispo de Roma continúa el servicio pastoral confiado por Cristo a Pedro, aunque la forma histórica y jurídica de ese ministerio haya experimentado modificaciones a lo largo de los siglos.2



