La tradición de la Presentación de la Virgen María se remonta a antiguos relatos apócrifos que narran los primeros años de la vida de la Madre de Dios. Según estas fuentes, Joaquín y Ana, padres de María, hicieron un voto de ofrecer su hija al Templo en cumplimiento de una promesa divina, tras años de esterilidad. A los tres años de edad, la niña fue conducida al Templo de Jerusalén, donde ascendió por sus propios medios los quince escalones del santuario y fue recibida por el sumo sacerdote para ser educada en la vida de oración y servicio.1,2
El principal texto que relata este episodio es el Protoevangelio de Santiago, un escrito del siglo II apócrifo que detalla la infancia de María. En él se describe cómo la pequeña María, vestida de blanco, es presentada en el Templo, vive allí rodeada de vírgenes consagradas, recibe visiones extáticas y visitas angélicas, y hace un voto explícito de virginidad perpetua. Otros documentos similares, como el Evangelio del Pseudo-Mateo y el Evangelio de la Natividad de María, amplían esta narración, enfatizando la gracia especial con la que Dios dotó a la niña desde su infancia.1,2
Aunque la Iglesia no considera estos textos como inspirados ni parte del canon bíblico, los ha valorado como expresiones de la piedad popular que enriquecen la comprensión mariana. Santos Padres como San Gregorio de Nisa, San Germán de Constantinopla y el pseudo-Gregorio Nacianceno adoptaron estos relatos en sus escritos, integrándolos en la tradición patrística. La Iglesia, en su magisterio, mantiene un silencio prudente sobre detalles precisos como la edad exacta o los dones sobrenaturales, pero celebra la fiesta reconociendo su valor espiritual.2

