Los préstamos predatorios se definen como aquellos créditos concedidos con tipos de interés desproporcionados, comisiones ocultas y cláusulas que aseguran el beneficio unilateral del prestamista, a menudo a costa de la ruina del deudor. En el contexto católico, esta práctica se asimila a la usura, entendida no solo como el cobro de intereses excesivos, sino como cualquier explotación del prójimo en situación de necesidad.2
Características principales incluyen:
Intereses abusivos: Tasas que superan con creces el riesgo asumido o el valor del dinero prestado.
Falta de transparencia: Condiciones confusas que ocultan el coste real.
Objetivo a vulnerables: Dirigidos a personas de bajos ingresos, sin garantías ni alternativas.
Efecto en espiral: Pagos que perpetúan la deuda, llevando a embargos o pérdida de bienes esenciales.
La Iglesia distingue entre un interés razonable, regulador legítimo de la actividad económica, y la usura, que convierte al hombre en mero instrumento de ganancia.3
