El primado en el Nuevo Testamento
Los fundamentos bíblicos del primado se encuentran en los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, donde San Pedro emerge con un rol de liderazgo entre los Doce Apóstoles6. Cristo mismo le confiere a Pedro una posición especial, como se evidencia en pasajes donde Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18), y le encarga «apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17)7. Estas escrituras han sido interpretadas como la base de la primacía del obispo de Roma, quien, al ser el sucesor de San Pedro, ostenta una posición de liderazgo espiritual y administrativo7.
El primado en la Iglesia primitiva
Desde los primeros siglos, la comunidad cristiana reconoció la preeminencia de la Iglesia de Roma. La Primera Carta de Clemente de Roma a la Iglesia de Corinto (c. 96 d.C.) ya testimonia el rápido surgimiento del papel de la Iglesia de Roma como guía para «confirmar a los hermanos»6. San Ignacio de Antioquía, en su camino al martirio en Roma (c. 107 d.C.), dirigió una carta a la comunidad romana, a la que se refirió como «la Iglesia que preside en el amor»6,5. En el siglo IV, el Concilio de Florencia (1439) definió que el obispo de Roma posee una «primacía de autoridad» sobre los demás obispos8.
Consolidación medieval
Durante la Edad Media, la doctrina del primado papal se consolidó a través de decretales y encíclicas. El Decretal de la Prima Collectio Decretalium del Papa Inocencio III estableció que el Papa tiene «el poder de gobernar» sobre toda la Iglesia7. Esta doctrina se reforzó con la Encíclica Super soliditate (1786) del Papa Pío VI, que afirmaba que el Papa es «el guardián de la fe» y posee autoridad universal, no adquirida de los inferiores, sino conectada al primado por derecho ordinario9.
