En la Biblia católica, el Primer libro de los Reyes se incluye en el canon del Antiguo Testamento, tal como lo definió el Concilio de Trento en su sesión IV (1546), que enumeró explícitamente los cuatro libros de los Reyes como parte de las Escrituras inspiradas.1 Este libro, junto con el Segundo libro de los Reyes, forma una unidad narrativa que continúa la historia iniciada en los libros de Samuel. En la Septuaginta y la Vulgata, se denomina Tercer y Cuarto libro de los Reyes, reflejando una división tradicional que considera los libros de Samuel como el primero y segundo. Esta nomenclatura, adoptada por San Jerónimo en su traducción latina, distingue el texto de las ediciones hebreas posteriores, donde se llaman simplemente Melajim (Reyes).
La canonicidad del libro está firmemente establecida en la tradición católica, como se evidencia en los decretos sinodales romanos del siglo IV, que listan los libros de los Reyes entre los textos proféticos e históricos aceptados por la Iglesia universal.2 No presenta controversias doctrinales en el ámbito católico, aunque los estudios modernos destacan su valor como fuente histórica y teológica, siempre subordinada a la inspiración divina. La Iglesia enseña que estos libros, al relatar la historia de Israel, ilustran la fidelidad de Dios a sus promesas, particularmente la del reino eterno de David, que encuentra su cumplimiento en Jesucristo.

