La autenticidad de la Primera carta a los Tesalonicenses ha sido ampliamente aceptada en la tradición católica desde los primeros siglos del cristianismo. La Iglesia considera esta epístola como obra genuina de San Pablo, escrita en colaboración con Silvano (Silas) y Timoteo, como se indica en el saludo inicial (1 Ts 1,1). No existen dudas significativas sobre su autoría en los documentos patrísticos ni en los concilios eclesiales.
El Concilio de Trento (1545-1563) y el Concilio Vaticano I (1869-1870) la incluyeron explícitamente en el canon del Nuevo Testamento, confirmando su inspiración divina. La Comisión Bíblica de la Santa Sede, en respuestas de 1913 sobre las epístolas paulinas, reafirmó la integridad y autenticidad de las cartas atribuidas a Pablo, rechazando hipótesis fragmentarias que cuestionan su unidad.1 Además, la Segunda carta a los Tesalonicenses presupone la existencia de esta primera, lo que refuerza su origen paulino temprano.
En la tradición católica, la canonicidad se basa en el testimonio de los Padres de la Iglesia, como San Ignacio de Antioquía (siglo II), quien alude a pasajes como la exhortación a «rezar sin cesar» (1 Ts 5,17). Manuscritos antiguos, como el Códice Sinaítico y el Códice Vaticano (siglos IV-V), la incluyen íntegramente, atestiguando su uso litúrgico en las comunidades primitivas.

