La Primera carta a Timoteo forma parte de las denominadas Cartas Pastorales, junto con la Segunda carta a Timoteo y la carta a Tito. Según la tradición de la Iglesia Católica, estas epístolas fueron compuestas por el apóstol san Pablo, quien se presenta explícitamente como autor en el saludo inicial: «Pablo, apóstol de Cristo Jesús por disposición de Dios, nuestro Salvador, y de Cristo Jesús, nuestra esperanza, a Timoteo, verdadero hijo en la fe» (1 Tm 1,1-2).1 La enseñanza magisterial de la Iglesia ha afirmado de manera constante su autenticidad paulina, basándose en la tradición apostólica y en los testimonios de los Padres de la Iglesia desde los primeros siglos.
La Comisión Bíblica, en su respuesta del 12 de junio de 1913, confirmó que, atendiendo a la tradición eclesial universal y constante desde los tiempos antiguos, así como a los registros eclesiásticos primitivos, debe mantenerse con certeza que las Cartas Pastorales, incluyendo la Primera a Timoteo, fueron escritas por el mismo san Pablo y siempre se han contado entre las epístolas genuinas y canónicas.2 Esta posición se sustenta en la continuidad de la fe católica, que rechaza las dudas introducidas en el siglo XIX por algunos estudiosos racionalistas, quienes cuestionaron su vocabulario y estilo como no típicamente paulino. Sin embargo, la Iglesia sostiene que las diferencias lingüísticas se explican por el contexto pastoral tardío de Pablo, el posible uso de un amanuense y la madurez espiritual del apóstol en sus últimos años.
En la tradición patrística, figuras como san Juan Crisóstomo y san Agustín de Hipona interpretaron estas cartas como obra directa de Pablo, destacando su rol en la formación de la doctrina cristiana primitiva. La encíclica Providentissimus Deus de León XIII y documentos posteriores del Pontificio Comisión Bíblica reafirman que cualquier aparente discrepancia no invalida su inspiración divina ni su origen apostólico.3

