La autenticidad de la Primera epístola de San Juan ha sido ampliamente defendida en la tradición católica desde los primeros siglos del cristianismo. Los Padres de la Iglesia, como San Policarpo de Esmirna en su epístola a los filipenses alrededor del año 110-117, aluden directamente a pasajes de esta carta, citando ideas como la venida de Cristo en carne como antítesis al anticristo.1 San Ireneo de Lyon, discípulo de Policarpo, atribuye explícitamente la epístola al apóstol Juan en su obra Adversus Haereses, confirmando su origen apostólico.1 El Canon Muratoriano, datado hacia el 195-205, integra esta epístola en el corpus joánico, vinculándola al Evangelio de Juan.1
En cuanto a la autoría, la Iglesia católica sostiene que el redactor es el apóstol Juan, hijo de Zebedeo, uno de los doce discípulos de Jesús. Esta atribución se basa en evidencias internas y externas. Internamente, el texto comparte un vocabulario y estilo característicos del Evangelio joánico: términos como luz, oscuridad, verdad, vida y amor se repiten con frecuencia, junto con frases como «caminar en la luz» o «ser del mundo».1 Externamente, la tradición patrística es unánime en asignarla a Juan el Apóstol, descartando hipótesis alternativas como la de un «Juan el Presbítero» mencionada por Papías, que algunos eruditos modernos han intentado revivir, pero que carece de soporte en los escritos eclesiales posteriores.1
Aunque algunos biblistas contemporáneos, influenciados por la crítica histórica, sugieren una autoría compartida dentro de una «escuela joánica», la enseñanza oficial de la Iglesia, reflejada en documentos como la encíclica Providentissimus Deus de León XIII, afirma la paternidad apostólica de Juan.2 La Comisión Bíblica Pontificia, en su documento sobre la unidad en el corpus joánico, destaca la coherencia teológica entre la epístola y el Evangelio, reforzando esta unidad autoral.3

