La autenticidad de la Primera epístola de San Pedro ha sido un tema central en la exégesis católica desde los primeros siglos del cristianismo. La tradición patrística, representada por figuras como San Ireneo de Lyon, Clemente de Alejandría y Tertuliano, atribuye sin reservas esta carta al apóstol Pedro, considerado el líder de los Doce y el primer obispo de Roma.1 Esta atribución se ve reforzada por el propio texto, que se presenta como escrito por «Pedro, apóstol de Jesucristo» (1 Pe 1,1), y por menciones en otros escritos neotestamentarios, como la Segunda epístola de Pedro, que alude a una carta anterior del apóstol (2 Pe 3,1).2
Sin embargo, en el siglo XIX y XX, algunos críticos protestantes y racionalistas, como Ferdinand Christian Baur y Adolf von Harnack, cuestionaron su origen petrino basándose en el elevado nivel del griego empleado, que consideran incompatible con la formación de un pescador galileo.3 La Iglesia católica, a través de documentos como el de la Comisión Bíblica Pontificia, rechaza estas dudas y afirma que el texto refleja la fe de la Iglesia primitiva, posiblemente redactado con la colaboración de un secretario como Silvano (1 Pe 5,12), lo que explicaría la pulcritud lingüística sin negar la paternidad apostólica.4 El Papa Benedicto XVI, en una catequesis de 2013, subrayó que la epístola expresa la fe madura de una comunidad eclesial en torno a Pedro, no como obra aislada, sino como testimonio colectivo del Espíritu.4
En el canon católico, esta epístola fue reconocida tempranamente en listas como el Canon Muratoriano (siglo II) y el Concilio de Hipona (393), consolidando su lugar como escritura inspirada.3 La enseñanza magisterial, desde el Concilio de Trento hasta el Catecismo de la Iglesia Católica, la presenta como palabra de Dios transmitida por Pedro, esencial para entender la primacía apostólica y la unidad de la Iglesia.5

