La expresión universidad católica requiere una precisión histórica. Las universidades medievales no correspondían exactamente a las universidades católicas contemporáneas, fundadas o reconocidas expresamente por la Iglesia para promover una educación superior conforme a la fe católica. Durante la Edad Media, la universidad formaba parte de una sociedad en la que la Iglesia constituía una institución esencial de la vida intelectual, jurídica, educativa y cultural.
El término latino universitas no designaba originalmente un centro donde estuvieran reunidas todas las ciencias. En el lenguaje jurídico medieval significaba una corporación o asociación reconocida como sujeto colectivo. Aplicado al ámbito académico, aludía al conjunto de maestros y estudiantes -universitas magistrorum et scholarium- pertenecientes a una institución.1
La universidad nació, por tanto, como una corporación autónoma, semejante a un gremio. En algunos lugares predominó la asociación de maestros; en otros, la de estudiantes. La universidad de París surgió principalmente de la unión corporativa de los maestros, mientras que Bolonia se formó sobre todo a partir de asociaciones de estudiantes.2
Esta autonomía no significaba independencia respecto de la Iglesia. Los maestros y escolares disfrutaban con frecuencia de privilegios eclesiásticos, jurisdicción propia o protección pontificia. La Iglesia reconocía la importancia de la enseñanza superior y intervenía para garantizar la libertad académica, resolver conflictos y asegurar la validez universal de determinados grados.

