La Iglesia de Roma, fundada según la tradición por los apóstoles San Pedro y San Pablo, enfrentó tempranamente hostilidades por parte del Imperio romano, que veía en el cristianismo una amenaza a la religión estatal y al orden social. Las persecuciones no fueron sistemáticas al principio, sino esporádicas, motivadas por acusaciones de ateísmo (por rechazar los cultos paganos), incesto o canibalismo derivadas de malentendidos sobre la Eucaristía.4
Persecución neroniana (64-67 d.C.)
La primera gran prueba llegó bajo Nerón, tras el incendio de Roma en el 64 d.C., culpado injustamente a los cristianos. Tácito y Suetonio relatan cómo fueron torturados cruelmente: cubiertos de pieles de animales para ser devorados por fieras, crucificados o quemados vivos como antorchas. Este episodio, aunque no mencionado directamente en las fuentes hagiográficas aquí citadas, contextualiza el martirio de figuras como San Pedro y San Pablo, contemporáneos de estos eventos.5
Persecuciones bajo Domiciano, Trajano y posteriores
Bajo Domiciano (81-96 d.C.), se exilió a cristianos de la familia imperial como Flavia Domitilla, nieta del emperador por afinidad. Trajano (98-117 d.C.) y Adriano intensificaron las medidas, con juicios por no sacrificar a los dioses. En el siglo III, bajo Decio y Valeriano, los papas como San Fabio y San Cornelio sufrieron exilio o decapitación. Estas persecuciones forjaron una Iglesia militante, donde el martirio se consideraba un bautismo de sangre.2,1,6

