El principio sostiene que los bienes de la creación están destinados a todos los seres humanos. No significa que cada bien deba pertenecer conjuntamente a todos ni que desaparezca la propiedad privada. Significa que ninguna persona ni grupo puede considerar sus posesiones ajenas a las necesidades de los demás, y que la organización económica y jurídica debe permitir a todos acceder a lo necesario para vivir y desarrollarse.1,3
La doctrina católica presenta este destino común como un derecho natural, inherente a cada persona y anterior a las decisiones de los poderes públicos y a los sistemas económicos. Por eso, otros derechos relativos a los bienes -como el de propiedad o el de libre comercio- deben respetarlo y contribuir a hacerlo efectivo.3
El principio forma parte de la doctrina social de la Iglesia y está estrechamente vinculado al bien común, la justicia y la solidaridad. Su finalidad no consiste solo en evitar que alguien acapare recursos, sino en promover condiciones que permitan a todas las personas alcanzar el bienestar necesario para su desarrollo integral.1,3

