La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida como Corpus Christi, tiene sus raíces históricas en el siglo XIII, aunque su inicio puede verse prefigurado en la «primera procesión» de los apóstoles que, rodeando a Cristo y llevándolo en sus corazones como Eucaristía, salieron del Cenáculo hacia el Monte de los Olivos3. Esta fiesta surgió de una profunda necesidad de manifestar de manera más completa y diversa lo que la Eucaristía representa para la Iglesia4.
El desarrollo de la devoción a la Eucaristía, especialmente el deseo de contemplar la Hostia, fue un factor clave. Ya antes del siglo XII, existían relatos de fieles que, imposibilitados de recibir el Viático, satisfacían su devoción al contemplar el Santísimo Sacramento5. La institución de la fiesta de Corpus Christi, impulsada por las visiones de Santa Juliana de Cornelion en Flandes, se considera un efecto de este anhelo devoto de los fieles por ver el Cuerpo de Cristo5.
La fiesta fue establecida con el propósito específico de reafirmar abiertamente la fe del Pueblo de Dios en Jesucristo, vivo y verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Es una celebración para adorar, alabar y agradecer públicamente al Señor, quien continúa amándonos «hasta el extremo», ofreciéndonos su cuerpo y su sangre6,7. San Tomás de Aquino, con sus composiciones poéticas como el famoso Pange, lingua y el himno Adoro te, devote, expresó de manera elocuente la necesidad del pueblo de Dios de cantar el misterio de la Eucaristía no solo como mysterium passionis, sino también como mysterium gloriae4,8.

