La expresión «procreación responsable» designa la responsabilidad moral de los esposos respecto del nacimiento de sus hijos, incluyendo dos dimensiones que deben mantenerse unidas:
Aceptar y custodiar la fecundidad como un bien propio del matrimonio: la fecundidad es «un bien, un don y un fin del matrimonio».4
Ordenar la transmisión de la vida de manera prudente, incorporando la consideración de circunstancias reales (personales, familiares, sociales), sin caer en la lógica de la disponibilidad absoluta sobre la vida humana.1,5
De este modo, la procreación responsable no significa «multiplicar sin medida» ni tampoco «renunciar a la apertura a la vida»: la tradición eclesial enseña que es una llamada a ejercer la libertad con sabiduría, en el marco de un orden moral objetivo.5,6
Paternidad y maternidad responsable: una visión integral
La encíclica Humanae Vitae presenta la paternidad responsable como un ejercicio que incluye varias dimensiones relacionadas entre sí:
Biológica: respeto de los procesos propios de la fertilidad.5
Afectiva y volitiva: dominio racional de los impulsos.5
Concreta (física, económica, psicológica y social): la decisión de tener más hijos —o de espaciar nacimientos— debe hacerse con prudencia y generosidad, y cuando existe una causa seria para posponer o evitar nacimientos adicionales, también debe hacerse con respeto a los preceptos morales.5
Moral: la decisión está vinculada a deberes hacia Dios, hacia los propios esposos, hacia la familia y hacia la sociedad.5
Esta visión impide que la procreación responsable sea interpretada como una mera gestión técnica o demográfica desconectada de la verdad del amor conyugal y de la ética personal.7,5,1
