En la teología mística, la profecía se refiere tanto a las profecías contenidas en la Escritura canónica como a las profecías privadas1. En su sentido estricto y propio, la profecía es la revelación de eventos futuros1. Sin embargo, San Pablo, en 1 Corintios 14, amplía esta definición para incluir inspiraciones divinas sobre lo que es secreto, ya sea futuro o no1. Este conocimiento debe ser sobrenatural, infundido por Dios, ya que concierne a cosas que están más allá de la capacidad natural de la inteligencia creada1. Además, este conocimiento debe ser manifestado por palabras o signos, porque el don de profecía se otorga principalmente para el bien de los demás1.
Dios puede revelar el futuro a sus profetas o a otros santos, pero una actitud cristiana saludable implica confiar en la Providencia para todo lo que concierne al futuro, evitando una curiosidad malsana2. La imprudencia, sin embargo, puede ser una falta de responsabilidad2. La Comisión Bíblica ha afirmado que las profecías en el libro de Isaías y otras Escrituras son profecías en el verdadero sentido de la palabra, no meros relatos compuestos después del evento, ni predicciones basadas en la sagacidad natural del profeta3.
