Los primeros usos del término
La Biblia no aplica de manera uniforme el título de profeta a todos los personajes antiguos. La terminología profética experimenta una evolución histórica y literaria.
El primer personaje llamado explícitamente profeta en el Antiguo Testamento es Abraham. El título se relaciona con su amistad con Dios y con la comunicación personal que recibe de él. Posteriormente, Moisés ocupa un lugar incomparable como mediador de la alianza y legislador de Israel.
Por esta razón, no conviene llamar indistintamente «profetas» a todos los patriarcas. Adán, Noé, Isaac, Jacob o José desempeñan funciones decisivas en la historia de la salvación, pero el empleo técnico del término profeta responde a una evolución concreta de la revelación bíblica.
Moisés, modelo excepcional
Moisés constituye la figura profética más elevada del Antiguo Testamento. Dios trata con él de un modo singular y le confía la misión de liberar a Israel, comunicar la Ley y establecer la alianza.
La Escritura presenta a Moisés como alguien a quien Dios conoce «cara a cara» y distingue su autoridad de la de otros profetas, que reciben revelaciones mediante sueños y visiones. La tradición bíblica afirma que ningún profeta posterior alcanzó su misma relación con Dios hasta la venida de Jesucristo.
Junto a Moisés aparecen profetas de rango diverso, como Aarón, María, Eldad y Medad. Estos testimonios muestran que el don profético podía manifestarse en distintas personas y formas, sin eliminar la singularidad de Moisés como mediador de la primera alianza.
El profetismo institucional y los profetas clásicos
En la historia de Israel surgieron grupos proféticos vinculados a la corte, a los santuarios o a la vida religiosa del pueblo. Con el tiempo adquirieron especial importancia los profetas cuya predicación quedó recogida en los libros bíblicos.
Entre ellos figuran Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas, Amós, Miqueas, Isaías, Nahún, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías. La tradición cristiana denomina «profetas mayores» a Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel por la extensión de sus escritos, y «profetas menores» a los restantes por la brevedad de sus libros, no por una menor importancia espiritual.
Los profetas clásicos desarrollaron varias tareas inseparables:
- Recordar la alianza.
- Denunciar la idolatría.
- Condenar la injusticia social.
- Llamar a la conversión.
- Interpretar los acontecimientos históricos a la luz de Dios.
- Anunciar la restauración de Israel.
- Preparar la esperanza mesiánica.
El profeta no habla para satisfacer la curiosidad sobre el futuro. Su palabra interpela el presente y obliga a cada persona y a la comunidad a manifestar su verdadera actitud ante Dios. La acogida o el rechazo del profeta revelan la fidelidad o la resistencia interior del pueblo.