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Profetas menores y la esperanza mesiánica

Los profetas menores forman el conjunto de doce libros proféticos del Antiguo Testamento: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías. La denominación menores alude únicamente a la brevedad de sus escritos, no a una menor autoridad, inspiración o importancia. En ellos, la denuncia del pecado, la llamada a la conversión, el juicio de Dios y la promesa de restauración convergen en una esperanza mesiánica que alcanza su plenitud en Jesucristo.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreProfetas menores y la esperanza mesiánica
CategoríaTérmino
DescripciónLos doce libros proféticos menores presentan juicio, conversión y la promesa de restauración que culmina en Cristo. Los profetas menores (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías) denuncian el pecado, llaman a la conversión y anuncian el juicio divino, pero también proclaman una esperanza mesiánica que se cumple plenamente en Jesucristo, integrando justicia, misericordia y la universalidad de la salvación
ContenidoOseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías
Contexto HistóricoMinisterios en la monarquía dividida (Oseas, Amós, Miqueas), durante amenazas imperiales, el exilio y el retorno, y en el periodo postexílico (Ageo, Zacarías, Malaquías).
DesarrolloEl corpus evoluciona de la denuncia de la corrupción y el juicio a la proclamación de restauración y la visión del Mesías, pasando de un enfoque local a una esperanza universal que se cumple en Cristo.
Enseñanzas Principales1. La elección exige fidelidad; 2. El culto necesita conversión; 3. El juicio abre posibilidad de renovación; 4. La esperanza atraviesa la historia; 5. El resto conserva la promesa; 6. El Mesías trae justicia y paz; 7. El Espíritu universaliza la salvación; 8. El Reino pertenece al Señor.
ImportanciaFundamenta la enseñanza católica de la justicia, la conversión y la realización de la esperanza mesiánica en Cristo, resaltando la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
TemaEsperanza mesiánica en los profetas menores del Antiguo Testamento
TipoDoctrina

Tabla de contenido

Denominación y lugar en el canon

La tradición cristiana llama profetas menores a los doce escritores cuyos libros son más breves que los atribuidos habitualmente a los profetas mayores. La división no establece una jerarquía entre los profetas: distingue únicamente la extensión literaria de sus obras. La tradición enumera los doce en este orden: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.1,2

El canon hebreo reunía estos escritos en un solo rollo, conocido como el Libro de los Doce. San Jerónimo recogió esta conciencia de unidad al describir los doce profetas como «un solo libro».2 Esta unidad no elimina la personalidad literaria ni la situación histórica de cada profeta, pero permite leer el conjunto como una trayectoria teológica: Israel atraviesa la infidelidad, el juicio, la purificación y la restauración hasta llegar a la esperanza del reinado definitivo de Dios.

El orden de los libros no coincide exactamente en todas las tradiciones textuales antiguas. La tradición hebrea y la versión griega antigua presentan algunas diferencias, aunque ambas conservan el carácter unitario del corpus.2

Contexto histórico y religioso

Los profetas menores ejercieron su ministerio en momentos decisivos de la historia de Israel y de Judá. Los primeros -Oseas, Amós y Miqueas- pertenecen al período de la monarquía dividida y denuncian la idolatría, la injusticia social y la falsa seguridad religiosa. Otros reflejan la amenaza de los grandes imperios, la caída de Jerusalén, el exilio y el retorno. Ageo, Zacarías y Malaquías desarrollan su predicación en el período posterior al destierro, cuando la comunidad intenta reconstruir el templo y reorganizar su vida religiosa.

El ministerio de Amós suele situarse hacia los años 760-750 antes de Cristo, mientras Oseas pertenece aproximadamente al mismo período y anuncia la crisis que conducirá a la caída del reino del Norte.1 Oseas ejerció su misión en el reino de Israel, que disfrutaba de prosperidad exterior, pero sufría una profunda decadencia política y religiosa.3

La predicación profética no ofrece una simple crónica política. Interpreta la historia a la luz de la alianza. Las derrotas militares, el exilio y la ruina nacional no constituyen acontecimientos aislados: revelan las consecuencias de la infidelidad de Israel, pero también proporcionan el marco en el que Dios manifiesta su misericordia y mantiene sus promesas.

Rasgos fundamentales de la profecía

La palabra de Dios en la historia

El profeta no actúa principalmente como adivino. Habla en nombre de Dios dentro de una situación histórica concreta. Interpreta los acontecimientos, denuncia la injusticia y llama al pueblo a recuperar la fidelidad a la alianza.

La profecía une inseparablemente religión y moral. El culto no puede compensar la opresión del pobre, la corrupción judicial ni la idolatría. Amós dirige su palabra contra quienes viven en el lujo mientras explotan a los débiles; Oseas denuncia la infidelidad de Israel; Miqueas resume la respuesta que Dios espera del ser humano: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con Dios.1

El juicio como purificación

El juicio profético no expresa un fatalismo absoluto. Dios juzga el pecado porque permanece fiel a la alianza y porque desea purificar a su pueblo. Amós presenta visiones de langostas, fuego, plomada y frutos maduros como imágenes de un juicio que alcanza al reino del Norte. Sin embargo, el libro concluye con la promesa de restaurar la casa de David y de renovar la prosperidad de la nación purificada.4

El castigo posee así una doble dimensión. Por una parte, manifiesta la gravedad de la apostasía; por otra, elimina la falsa confianza y prepara una relación renovada con Dios. La esperanza mesiánica no ignora el pecado: atraviesa el juicio y nace de una conversión auténtica.

El resto fiel

La esperanza profética se articula mediante el tema del resto. El resto no designa simplemente a los supervivientes de una catástrofe. Representa la comunidad que conserva la fe, acepta la purificación y permanece abierta a la acción salvadora de Dios. La reducción numérica del pueblo no equivale al fracaso de la promesa, porque Dios mantiene la continuidad de su alianza a través de quienes vuelven a Él.5

Amós habla del resto de José; Miqueas, del resto de Jacob; Sofonías, del resto de la casa de Judá. La idea aparece con distintos matices históricos, pero conserva un núcleo teológico común: la elección divina continúa viva en una comunidad renovada por la justicia y la fidelidad.5

El resto prepara la comunidad mesiánica. No constituye todavía la Iglesia en sentido pleno, pero anticipa la lógica evangélica de una salvación que Dios realiza mediante los humildes, los convertidos y quienes acogen su palabra.

Los doce profetas y la esperanza mesiánica

Oseas: la alianza como amor esponsal

Oseas interpreta la infidelidad de Israel mediante la imagen del matrimonio. La esposa infiel simboliza al pueblo que abandona al Señor para rendir culto a Baal. Los nombres simbólicos de los hijos -Jezrael, Lo-Rujamá y Lo-Amí- expresan el juicio sobre Israel: la dinastía será juzgada, la compasión parecerá retirada y el pueblo vivirá como si hubiera perdido su relación de alianza.3

Sin embargo, la misericordia tiene la última palabra. La relación rota no termina en una condena definitiva. Dios atrae de nuevo a su pueblo, transforma la infidelidad en ocasión de conversión y restablece la alianza. La esperanza mesiánica de Oseas no adopta principalmente la forma de una descripción detallada de un rey futuro; aparece como la restauración del vínculo entre Dios y su pueblo.

Desde la lectura cristiana, esta alianza renovada encuentra su plenitud en Cristo, esposo de la Iglesia. La imagen esponsal permite comprender que la salvación mesiánica no consiste sólo en un cambio político, sino en una comunión nueva y definitiva con Dios.

Joel: el Espíritu y el Día del Señor

Joel parte de una devastación que afecta a la tierra y a sus cosechas. La plaga de langostas se convierte en signo de una crisis más profunda y conduce al anuncio del Día del Señor. El profeta llama al ayuno, a la asamblea y a una conversión interior: «Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos». El arrepentimiento debe alcanzar a toda la comunidad.6

Después del juicio llega la restauración: Dios devuelve la fecundidad a la tierra, reúne a su pueblo y promete derramar su Espíritu sobre toda carne. Hijos e hijas profetizarán; ancianos y jóvenes recibirán dones; incluso siervos y siervas participarán de la efusión divina.6

La tradición cristiana reconoce en este anuncio una anticipación de Pentecostés. San Jerónimo relacionó la promesa de Joel con la efusión del Espíritu Santo sobre la comunidad apostólica.7 El horizonte mesiánico incluye así no sólo la venida de un rey, sino también la comunicación universal del Espíritu y la apertura de la salvación a quienes invocan el nombre del Señor.

Amós: justicia, juicio y restauración davídica

Amós procede de un ambiente humilde y recibe la misión de denunciar la corrupción del reino del Norte. Su predicación recuerda que Dios juzga tanto a Israel como a las naciones. La elección no concede impunidad: cuanto mayor es la responsabilidad recibida, mayor es también la exigencia de fidelidad.

El profeta condena la opresión económica, la venalidad de los tribunales y el culto separado de la justicia. La religión auténtica exige defender al pobre y respetar la verdad. El juicio alcanza su punto culminante en las visiones contra Israel, pero la conclusión anuncia la restauración de la casa de David y la renovación del pueblo purificado.4

La restauración de la «cabaña caída de David» adquiere una dimensión mesiánica: Dios no abandona definitivamente la promesa real. La realeza davídica, herida por el pecado y por la ruina histórica, queda orientada hacia un cumplimiento superior. En la fe cristiana, Cristo realiza esta promesa como Hijo de David y rey cuyo reino no depende de la violencia ni de la explotación.

Abdías: el juicio de las naciones y el reino de Dios

Abdías dirige su oráculo contra Edom, acusado de alegrarse por la desgracia de Judá, colaborar con sus enemigos y aprovecharse de la ruina de Jerusalén. El profeta proclama que la violencia ejercida contra el hermano recaerá sobre quien la practica.8

El libro relaciona el juicio contra Edom con el Día del Señor, que alcanza a todas las naciones. Pero el juicio no constituye la última palabra: en Sion habrá supervivientes y «el reino será del Señor».8

La esperanza mesiánica aparece aquí como soberanía universal de Dios. La salvación no consiste en una simple revancha nacional, sino en la manifestación del señorío divino sobre la historia. El lenguaje de Sion expresa la centralidad de la presencia de Dios y anticipa la universalidad del Reino anunciado por Cristo.

Jonás: la misericordia para las naciones

El libro de Jonás presenta a un profeta enviado a Nínive, ciudad extranjera y enemiga. Jonás desea el castigo de la ciudad, pero Dios manifiesta compasión cuando los ninivitas se convierten. La narración denuncia la resistencia humana ante una misericordia que supera las fronteras de Israel.

Jonás contiene, por tanto, una dimensión mesiánica universal. La salvación prometida por Dios alcanza también a los pueblos paganos. San Jerónimo interpretó la misión de Jonás a Nínive como anuncio de la salvación ofrecida a las naciones.7

El libro prepara la comprensión cristiana de Cristo como Salvador de todos los pueblos. El Mesías no reúne únicamente a una comunidad étnica; convoca a la humanidad entera a la conversión y a la vida nueva.

Miqueas: el gobernante nacido en Belén

Miqueas denuncia a los gobernantes que explotan al pueblo y a los dirigentes religiosos que convierten la piedad en instrumento de lucro. Frente a la corrupción de Jerusalén, anuncia una renovación de Sion y un futuro gobernante vinculado a Belén, la ciudad de David.

La tradición cristiana lee este anuncio en relación con el nacimiento de Jesús. El Mesías aparece unido a la humildad de su origen y a la continuidad de la promesa davídica. San Jerónimo describió a Miqueas como un profeta estrechamente vinculado a Cristo.7

Miqueas ofrece también una síntesis de la vida religiosa: justicia, misericordia y humildad ante Dios. La esperanza mesiánica exige una transformación ética. El futuro de Israel no depende de una restauración externa sin conversión, sino de un pueblo reconciliado con Dios.

Nahúm: la caída del opresor

Nahúm anuncia la caída de Nínive, centro de un imperio violento. El libro expresa el consuelo de quienes padecen la opresión y proclama que ninguna potencia injusta posee la última palabra sobre la historia.

La imagen de los pies del mensajero que anuncia la paz enlaza el juicio contra el opresor con la llegada de una buena noticia. San Jerónimo relacionó esta proclamación con el anuncio mesiánico de la victoria y del consuelo.7

La esperanza cristiana recoge este motivo en el anuncio del Evangelio: Cristo vence el poder del pecado y libera a la humanidad de la esclavitud. El juicio de Nínive no autoriza la venganza humana; proclama la justicia de Dios frente a la violencia imperial.

Habacuc: la fe en medio de la crisis

Habacuc formula una de las grandes preguntas de la profecía: ¿por qué permite Dios que triunfe la violencia? El profeta no recibe una explicación simplista. Permanece vigilante, espera la respuesta divina y aprende a confiar en Dios incluso cuando la situación histórica parece contradecir la promesa.

Su espiritualidad alcanza una formulación decisiva: «el justo vivirá por su fe». El futuro mesiánico nace en el interior de una esperanza que persevera sin poseer todavía la visión completa.

La tradición cristiana ha leído el himno final de Habacuc como una contemplación de la manifestación gloriosa de Cristo. San Jerónimo relacionó la visión del profeta con la revelación de la gloria divina y con el misterio de la cruz.7

Sofonías: el resto humilde y la alegría de Dios

Sofonías anuncia el Día del Señor como un día de juicio contra la idolatría, la violencia y la autosuficiencia. La purificación alcanza a Jerusalén y a las naciones. Pero el profeta no termina en la destrucción: anuncia un pueblo humilde que buscará refugio en el nombre del Señor.

La esperanza de Sofonías se concentra en un resto pobre y fiel. La comunidad mesiánica no se define por el poder, la riqueza o el prestigio, sino por la confianza en Dios y la práctica de la justicia.

El horizonte final incluye la reunión de los pueblos y la alegría de Dios en medio de su pueblo. La salvación adquiere una dimensión comunitaria y universal: Dios restaura, reúne y habita en medio de los que se convierten.

Ageo: el templo y la presencia de Dios

Ageo profetiza después del exilio, cuando la comunidad ha regresado a Jerusalén pero todavía no ha reconstruido plenamente el templo. El profeta interpreta la reconstrucción como una tarea espiritual y comunitaria: la presencia de Dios debe ocupar de nuevo el centro de la vida del pueblo.

El templo renovado queda vinculado a una conmoción universal. Dios sacudirá los cielos y la tierra, y las naciones acudirán hacia la gloria de su casa. San Jerónimo relacionó este anuncio con la venida del «deseado de todas las naciones».7

La perspectiva cristiana contempla en Cristo el verdadero templo y la presencia definitiva de Dios entre los hombres. El mesianismo supera la mera reconstrucción material: apunta a una comunión nueva en la que Dios habita con su pueblo.

Zacarías: el rey humilde y el pastor herido

Zacarías reúne visiones simbólicas, oráculos sobre la restauración y anuncios de carácter mesiánico. El profeta presenta figuras sacerdotales y reales, la purificación de Jerusalén y la acción universal de Dios.

Uno de sus anuncios más conocidos describe al rey justo y salvador que entra humildemente montado en un asno. La tradición cristiana identifica este pasaje con la entrada de Jesús en Jerusalén. Pío XI recuerda que los evangelistas reconocieron en este gesto el cumplimiento de la profecía sobre el rey misericordioso.9

Zacarías ofrece una imagen paradójica del Mesías: es rey, pero humilde; trae la salvación, pero no mediante la ostentación militar; reúne a los pueblos, pero ejerce un poder reconciliador. Otros oráculos del libro presentan la herida del pastor y la purificación del pueblo, motivos que la lectura cristiana relaciona con la pasión de Cristo.

Malaquías: la purificación y la ofrenda universal

Malaquías cierra el Libro de los Doce. Denuncia la corrupción del culto, la negligencia sacerdotal y la infidelidad de la comunidad. Al mismo tiempo, anuncia una intervención decisiva de Dios.

El mensajero prepara la llegada del Señor, que entra en su templo como fuego de fundidor y jabón de lavandero. La imagen expresa purificación: Dios no acepta una religiosidad exterior separada de la fidelidad moral.10

Malaquías amplía la esperanza cultual hacia todas las naciones: desde la salida hasta la puesta del sol, el nombre de Dios será grande entre los pueblos y se ofrecerá una ofrenda pura. San Jerónimo leyó este pasaje en clave de universalización del culto y de rechazo de la antigua infidelidad.7

El libro termina con la promesa de la venida de Elías antes del Día del Señor. La tradición cristiana relaciona este motivo con Juan el Bautista, precursor de Cristo.

El Día del Señor

Significado del Yom Yahveh

El Día del Señor-en hebreo, Yom Yahveh- constituye uno de los ejes teológicos del Libro de los Doce. No designa simplemente una fecha del calendario ni un acontecimiento político concreto. Representa la intervención soberana de Dios para juzgar el pecado, derribar la arrogancia, purificar a su pueblo y establecer su reinado.

La expectativa popular podía imaginar ese día como una victoria automática de Israel sobre sus enemigos. Los profetas corrigen esa visión. Para un pueblo infiel, el Día del Señor no será inicialmente luz y triunfo, sino oscuridad y juicio. Amós denuncia precisamente la falsa seguridad de quienes desean el Día del Señor sin convertirse.1

Juicio universal

El Día del Señor afecta a Israel y a las naciones. Abdías lo presenta contra Edom y contra todos los pueblos; Joel lo describe mediante signos cósmicos; Sofonías lo anuncia como una purificación de la tierra; Malaquías lo compara con un fuego que consume la injusticia.8

El alcance universal evita dos reduccionismos. El primero identifica la salvación con el éxito político de Israel. El segundo interpreta el juicio como una amenaza dirigida únicamente a los extranjeros. Los profetas proclaman que Dios juzga a todos con justicia y que su Reino supera las fronteras nacionales.

Conversión y salvación

El Día del Señor no conduce inevitablemente a la condena. Joel presenta una llamada urgente: volver al Señor con todo el corazón, mediante el ayuno, el llanto y la conversión interior. Dios es compasivo y misericordioso; por eso la amenaza del juicio abre un camino de esperanza.6

La salvación pertenece al resto que invoca el nombre del Señor. Joel afirma que «todo el que invoque el nombre del Señor se salvará». El resto de Sion no constituye un privilegio cerrado, porque la promesa se orienta hacia todos los que responden a Dios con fe.

Cumplimiento cristiano

La Iglesia interpreta el Día del Señor en una perspectiva doble. Cristo inaugura ya el Reino mediante su encarnación, muerte y resurrección; al mismo tiempo, el cumplimiento definitivo llegará con su venida gloriosa y el juicio final.

Por eso el Día del Señor posee una dimensión presente y futura. Está presente allí donde Cristo vence el pecado y comunica el Espíritu Santo, pero permanece abierto a la consumación escatológica. La imagen de Malaquías sobre el fuego purificador expresa la santidad del juicio de Cristo y la necesidad de una vida convertida.10

Unidad de la esperanza mesiánica

Los doce profetas no presentan una única imagen uniforme del Mesías. La esperanza adopta distintas formas:

  • Un rey davídico que restaura la justicia.
  • Un gobernante humilde que trae la paz.
  • Un pastor que reúne y purifica al pueblo.
  • El Señor mismo que visita su templo.
  • El Espíritu derramado sobre toda la humanidad.
  • La restauración del resto fiel.
  • La salvación ofrecida a las naciones.
  • El Reino definitivo de Dios.

Estas imágenes no deben separarse artificialmente. El corpus evoluciona desde la denuncia de la monarquía corrompida hacia una esperanza más profunda: sólo una intervención decisiva de Dios puede realizar la justicia, la reconciliación y la universalidad prometidas.

El mesianismo de los profetas menores tampoco equivale a una simple predicción aislada de acontecimientos futuros. Cada oráculo nace de una situación histórica concreta y posee un sentido inmediato; al mismo tiempo, la inspiración bíblica permite que ese sentido se abra hacia un cumplimiento más pleno. La lectura cristiana reconoce en Jesucristo la convergencia de esas promesas: Él es el descendiente de David, el rey humilde, el pastor, el esposo, el salvador de las naciones y el Señor que inaugura el Reino.

Interpretación cristiana

La Iglesia lee el Antiguo Testamento como una unidad orientada hacia Cristo. Esta lectura no borra el sentido histórico de Oseas, Joel, Amós o Zacarías, sino que contempla cómo sus promesas alcanzan una plenitud que supera las circunstancias originales.

Cristo realiza la esperanza del resto al reunir un pueblo nuevo; cumple la promesa del Espíritu anunciada por Joel; manifiesta la misericordia universal prefigurada por Jonás; entra en Jerusalén como el rey humilde anunciado por Zacarías; y purifica el culto, llevando a su plenitud la esperanza de Malaquías.

La realeza mesiánica no significa dominio político según los criterios de los imperios. El Reino de Cristo posee carácter universal y eterno, y alcanza su forma visible en la Iglesia, aunque su consumación definitiva pertenece al final de los tiempos. La tradición pontificia ha relacionado las profecías sobre el rey justo, el reino eterno y el Hijo del Hombre con la realeza universal de Cristo.9

Importancia teológica

Los profetas menores ofrecen varias claves permanentes para la teología católica:

  1. La elección exige fidelidad. La pertenencia al pueblo de Dios nunca justifica la injusticia ni la idolatría.
  2. El culto necesita conversión. Dios rechaza las ofrendas que encubren la opresión del prójimo.
  3. El juicio abre una posibilidad de renovación. La purificación no destruye la promesa, sino que elimina la falsa seguridad.
  4. La esperanza atraviesa la historia. Dios actúa en medio de crisis políticas, derrotas, exilios y reconstrucciones.
  5. El resto conserva la promesa. La salvación avanza mediante una comunidad humilde y fiel.
  6. El Mesías trae justicia y paz. Su reinado no reproduce la violencia de los poderes mundanos.
  7. El Espíritu universaliza la salvación. La promesa alcanza a hombres y mujeres de todos los pueblos.
  8. El Reino pertenece al Señor. La historia no queda entregada definitivamente a los imperios, la injusticia o la muerte.

Conclusión

Los profetas menores forman un único testimonio de juicio y esperanza. Oseas revela el amor fiel de Dios; Joel anuncia el Espíritu y el Día del Señor; Amós une la fe con la justicia; Jonás abre la salvación a las naciones; Miqueas orienta la esperanza hacia el gobernante de Belén; Ageo y Zacarías anuncian la restauración; Malaquías prepara la llegada del Señor a su templo.

El Día del Señor reúne estos temas: juzga el pecado, purifica al pueblo, derrota la arrogancia y manifiesta el Reino de Dios. En la interpretación católica, esta esperanza encuentra su cumplimiento en Jesucristo, cuya venida inaugura el Reino, cuya Pascua vence el pecado y cuya gloria llevará la historia a su consumación.

Citas y referencias

  1. Profecía, profeta y profetisa. Enciclopedia Católica, Profecía, profeta y profetisa (1913). 2 3 4
  2. Argumentos. San Jerónimo en la explicación de los doce profetas menores, Albertus Magnus. En Oseas profeta, 2 (1890). 2 3
  3. Oseas. Enciclopedia Católica, Oseas (1913). 2
  4. Amós. Enciclopedia Católica, Amós (1913). 2
  5. A), J. Morales. La vocación en el Antiguo Testamento, 46 (1987). 2
  6. La Nueva Versión Revisada Estándar, Edición Católica (NRSV-CE). La Santa Biblia, Joel 2 (1993). 2 3
  7. Eusebio Sofrónico Jerónimo (Jerónimo de Estridón o San Jerónimo). Carta 53 - A Paulino, 8 (394). 2 3 4 5 6 7
  8. La Nueva Versión Revisada Estándar, Edición Católica (NRSV-CE). La Santa Biblia, Obadías 1 (1993). 2 3
  9. Papa Pío XI. Quas Primas, 9 (1925). 2
  10. Parte 17 de 87, Juan Crisóstomo. Dos exhortaciones a Teodoro después de su caída, 1. 2
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