La reflexión católica sobre internet parte de un criterio central: las personas y las comunidades humanas son el fin de la comunicación, no instrumentos al servicio de la rentabilidad, la influencia o la difusión de una causa. El valor de una iniciativa digital depende, por tanto, de cómo trata a quienes participan y de si contribuye a su desarrollo integral, que comprende dimensiones materiales, intelectuales, morales, afectivas y espirituales.1,2
«La persona humana y la comunidad humana son el fin y la medida del uso de los medios de comunicación social. La comunicación debe realizarse por personas en beneficio del desarrollo integral de otras personas».2
Este principio permite distinguir entre la mera difusión y la promoción ética. Una campaña puede alcanzar a muchas personas y, sin embargo, tratarlas como simples objetivos de consumo o como medios para obtener beneficios. En cambio, una comunicación ética procura informar y persuadir respetando la libertad, la dignidad y las necesidades reales de quienes la reciben. La persona no pierde su valor por discrepar, pertenecer a una minoría o tener menos recursos para acceder a las tecnologías.1,3
El bien común ofrece un segundo criterio. La ética católica lo entiende como el conjunto de condiciones sociales que permite a las personas y a los grupos alcanzar más plenamente su desarrollo. Como el bien de cada individuo está unido al de las comunidades a las que pertenece, una iniciativa digital no puede juzgarse solo por sus resultados particulares: también importa su efecto sobre la convivencia, la participación y la solidaridad.2
