La Iglesia aborda los medios de comunicación desde una actitud fundamentalmente positiva. Los entiende como frutos de la capacidad humana y como instrumentos que pueden favorecer el diálogo, el aprendizaje y la difusión del Evangelio. No atribuye a la tecnología una virtud o un defecto moral por sí misma: los medios son herramientas, y sus efectos dependen de las elecciones humanas que determinan cómo se producen y emplean. Por esa razón, toda elección relacionada con los medios -desde la elaboración de un mensaje hasta su recepción- admite una valoración ética.1
El criterio central de esa valoración es el bien de la persona y de la comunidad. La ética católica de la comunicación vincula la verdad con la libertad personal y con la posibilidad de crear relaciones auténticas entre las personas. También aplica a este ámbito principios de la doctrina social de la Iglesia, como la solidaridad, la subsidiariedad, la justicia, la equidad y la rendición de cuentas en el ejercicio de responsabilidades públicas.2
La promoción ética no consiste, por tanto, solo en evitar contenidos dañinos o corregir faltas profesionales. También procura que la comunicación ayude a comprender la realidad, respete a las personas y contribuya a la vida compartida. La tradición moral cristiana ofrece una visión de la dignidad humana que, desde la fe, alcanza su plenitud en Cristo; esa visión proporciona un criterio para evaluar tanto el contenido de los mensajes como las estructuras que condicionan su circulación.3,4


