La concepción católica de la propiedad privada y su relación con el bien común hunde sus raíces en la Revelación divina. Desde el principio, la creación se presenta como un don de Dios para toda la humanidad. En el libro del Génesis, se describe cómo Dios confía la tierra al hombre para que la cultive y la guarde (Génesis 2,15), lo que implica una responsabilidad colectiva más que un dominio absoluto e individual.
Los profetas del Antiguo Testamento enfatizan la justicia social: el jubileo (Levítico 25) y las normas sobre el año sabático obligaban a restaurar las propiedades a sus dueños originarios y a perdonar deudas, recordando que la tierra pertenece a Dios y debe servir al sustento de todos. En el Nuevo Testamento, Jesús advierte a los ricos sobre el peligro de acumular tesoros (Mateo 6,19-21) y enseña que las riquezas deben ponerse al servicio de los pobres (Lucas 12,33). San Pablo refuerza esta idea al afirmar que quien posee bienes y ve a su hermano en necesidad debe compartirlos (1 Juan 3,17).
La Patrística desarrolla estos principios: San Ambrosio de Milán declara que los bienes de la creación son para el uso común, y apropiarse de ellos egoístamente es robar al prójimo. San Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, distingue entre el derecho a poseer privadamente —necesario para la existencia humana— y el uso de los bienes, que debe orientarse al bien común, considerando las posesiones como «comunes» en caso de necesidad ajena.
