El término protocolo puede entenderse, en el ámbito sanitario y organizativo, como una guía de actuaciones y responsabilidades. En la tradición católica, este marco se completa con una exigencia ética: el trasplante no es solo una técnica, sino una decisión con gran valor moral. Por eso, el protocolo debe asegurar que cada fase —desde la disponibilidad de órganos hasta la asignación y la práctica clínica— se mantenga alineada con la dignidad de la persona humana.1,3,5
Donación y trasplante como acto humano de amor
La Iglesia subraya que la donación de órganos implica ofrecer sin recompensa «una parte del propio cuerpo» para el bien del otro. Este gesto se entiende como un acto auténtico de amor, no como una simple cesión material. Por tanto, el protocolo debe preservar el carácter de don y excluir toda lógica de intercambio o comercio.1,6,7
