Pío XII presenta la acción de la Iglesia a lo largo de los siglos como una atención constante por la «vida de perfección», desde los primeros tiempos del cristianismo hasta la formación del derecho canónico. Describe cómo las primeras comunidades cristianas funcionaron como semilleros para los consejos evangélicos y cómo, en Iglesias locales, la profesión de una vida de perfección llegó a constituir formas estables y reconocidas (como ascetas, continentes y vírgenes).1
La constitución mira también al aspecto visible y jurídico de esa vocación. La Iglesia ofrece ayuda a quienes desean realizar públicamente la profesión de la perfección y acompaña esa profesión con la sanción eclesial y con efectos canónicos; Pío XII menciona, como ejemplo, la bendición y consagración de vírgenes, con su rito litúrgico propio.1
A la vez, Pío XII explica por qué la Iglesia hubo de legislar con mayor claridad: aparecen asociaciones que buscaban vivir la perfección en el mundo, pero sin encajar plenamente en el marco jurídico tradicional de la vida religiosa. La historia muestra tensiones, debates sobre su estatuto canónico y dificultades de acompañamiento. La constitución responde a ese escenario creando una diferenciación clara entre institutos con una vida auténticamente consagrada y otras formas asociativas.1
