La prudencia es la virtud moral que perfecciona la razón práctica, permitiendo discernir el verdadero bien en cada situación y seleccionar los medios correctos para lograrlo1,2. Santo Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, la define como la «recta razón en la acción» (recta ratio agibilium)1,3,4. Esta virtud no se limita a la cautela o la indecisión, ni a la duplicidad o la disimulación1,3. Más bien, es una cualidad de la inteligencia y la libertad humanas que permite a la persona razonar, evaluar y comprender la complejidad de la realidad sin dejarse llevar por las emociones o las presiones3.
La prudencia es llamada el «auriga de las virtudes» (el cochero de las virtudes) porque guía a las demás virtudes morales, estableciendo la regla y la medida para su ejercicio1,3,4,5. Su función es señalar el curso de acción que debe tomarse en circunstancias concretas, indicando el justo medio en el que reside la esencia de toda virtud4. Sin prudencia, la valentía puede convertirse en temeridad, la misericordia en debilidad y la templanza en fanatismo4.
Para un acto prudente son necesarias dos cosas: la verdad práctica y el apetito rectificado6. La prudencia presupone la verdad de la recta razón y especifica la acción de acuerdo con un apetito recto, de modo que ambos se preserven6. Esto significa que el juicio prudencial no solo debe ser verdadero en la mayoría de los casos, sino que debe ser siempre verdadero para ser una virtud intelectual genuina7.

