El pudor, en el marco de la enseñanza católica, se define como una actitud de paciencia, decencia y discreción que resguarda el núcleo más profundo de la persona. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, el pudor protege el centro íntimo de la persona, actuando como un velo protector ante lo que debe permanecer oculto.4,1 Esta virtud no es mera convención social, sino un reflejo de la dignidad humana creada a imagen de Dios, donde el cuerpo y el alma forman una unidad inseparable.
La pureza de corazón exige la modestia: paciencia, decencia y discreción. La modestia protege el centro íntimo de la persona.4
De este modo, el pudor se erige en custodio de la intimidad, entendida como el ámbito reservado de la persona que solo se revela en el contexto adecuado, como el sacramento del matrimonio. Su ausencia abriría la puerta a la curiosidad malsana y a la degradación de la relación interpersonal.2
